Desgraciadamente, se había creado un nuevo conflicto durante los últimos meses y las relaciones entre ambos países empeoraban de día a día. Sin embargo, esta vez no se trataba de límites sino de algo netamente político. En mayo del año anterior el gobierno constitucional y democrático de Andivia había sido derrocado por un golpe de estado y el poder estaba ahora en manos de una junta militar. Este golpe había sido dado por el ejército debido, decían ellos, a que el país estaba en peligro de caer en manos de elementos subersivos de la extrema izquierda. Poco tiempo después del golpe de estado, muchos países reconocieron al nuevo gobierno.
Surlandia, por el contrario, cuyas relaciones con el gobierno caído habían sido mejores que en cualquier otra época de su historia, no sólo se negaba a reconocer al nuevo gobierno sino que, como es común en Latinoamérica, había abierto sus puertas a cantidades de exilados que buscaban asilo político de lo que ellos decían era una dictadura militar.
Debido a esta actitud por parte del gobierno de Surlandia, existía ahora una situación cada día más tensa entre ambos países. El número de exilados aumentaba constantemente y esto creaba una situación peligrosa y difícil para el país. Por una parte, de acuerdo con la Constitución, el gobierno no podía cerrarle las puertas a ningún exilado político; pero, por otra, el número de exilados aumentaba tanto a medida que pasaba el tiempo, que no sólo el gobierno de Andivia sino que el partido de oposición en Surlandia misma acusaba al gobierno de este país de prestar ayuda económica y militar con el propósito de organizar una invasión armada hacia Andivia para derrocar a la junta militar.
Surlandia, por su parte, acusaba a Andivia de estar ejecutando grandes movimientos de tropas a todo lo largo de la frontera, acusaciones que este país rechazaba rotundamente explicando que solamente estaba tomando las medidas necesarias para impedir cualquier tentativa de invasión por parte de los exilados.
Quién decía la verdad o quién tenía la razón, no se sabe, pero lo cierto es que la situación era realmente grave. Sin embargo, como pasaban los meses y nada sucedía, excepto las acusaciones que de un lado y otro continuaban haciéndose los dos gobiernos, la gente, especialmente en Surlandia, empezó a considerar todo esto como una simple disputa aislada entre dos gobiernos de diferentes ideologías.
Aunque todo el mundo continuaba comentando las noticias que daban los periódicos como también los rumores que se oían por todas partes, casi nadie tomaba la situación muy en serio; a cada nuevo rumor o noticia, alguien inventaba un chiste correspondiente. La vida en Las Palmas seguía su curso normal y tranquilo.
Pero el día llegó en que los chistes se acabaron y la gente se dió cuenta de la realidad de las cosas. Ese día era sábado, un sábado como cualquier otro. Eran como las tres de la tarde cuando se oyeron las primeras noticias. A esa hora no había mucho movimiento en las calles, no sólo porque las oficinas del gobierno y muchas tiendas cerraban sus negocios después de las doce, sino porque era verano y muchísima gente salía de la ciudad para ir a pasar el fin de semana en la playa o en el campo. Los que no salían preferían quedarse dentro de sus casas ya que el calor afuera era muy grande.
Entre los que se habían quedado ese fin de semana en la ciudad, estaba la familia de los Fuentes. Don Ricardo estaba allá en el patio durmiendo su acostumbrada siesta en una hamaca. Doña Marta estaba en la sala con dos de sus hijos menores, Gerardo y Mario, ella escribiendo unas cartas y ellos escuchando un p-ograma de música por radio. Las dos niñitas, Isabel y Ofelia, estaban en el parque jugando con Jane y Ruth Robinson y otras amiguitas del barrio. Sólo los dos hijos mayores, Alfredo y Julio, no habían llegado a almorzar ni habían llamado y doña Marta, naturalmente, estaba algo preocupada. Ella era la única que tomaba en serio la situación que prevalecía entre su país y Andivia. Ni aún estos dos hijos mayores, que trabajaban con el gobierno en el Ministerio de Relaciones Exteriores, le daban importancia al-asunto y todos los días llegaban del trabajo contando el último chiste sobre la última noticia. Pero ella en cambio, cuando los oía hablando así, no dejaba de sentir un gran temor al pensar que ellos, que tenían veinte y veintidós años de edad respectivamente, serían los primeros en ser llamados a las armas en caso de guerra.
Ese día estaba más preocupada que nunca, su intuición le decía que algo sucedía o iba a suceder. ¿Por qué no llegaban? ¿Por qué no habían llamado por lo menos para avisar dónde estaban? Eran ya las tres de la tarde ¡Dios mío! ¿Por qué se sentía tan nerviosa? Trató de convencerse de que nada pasaba, que eran ideas que se le habían metido en la cabeza. Siguió escribiendo tratando de olvidarse del asunto, pero no pudo más y decidió entonces despertar a su esposo que seguía tranquilamente durmiendo su siesta. De repente, en el momento que se levantaba de la silla, el programa de radio fue interrumpido por una voz nerviosa que decía: '¡Interrumpimos este programa para anunciar que fuerzas invasoras han penetrado el territorio nacional por la frontera Este! ¡Este es un informe oficial que acabamos de recibir del Ministerio de Guerra! Repetimos: ¡Fuerzas invasoras••• !'
1 ¿Qué conflicto había existido entre Surlandia y Andivia y qué solución había tenido?
2 ¿Qué clase de conflicto había ahora?
3 ¿Cuándo había sido derrocado el gobierno de Andivia?
4 ¿Cuál había sido la actitud de Surlandia?
5 ¿Por qué no cerraba Surlandia sus puertas a los exilados de Andivia?
6 ¿De qué acusaba Andiyia a Surlandia?
7 ¿Cuáles eran las acusaciones de Surlandia?
8 ¿Tomaba en serio la situación la gente en Surlandia?
9 ¿Cuándo se dio cuenta la gente de la realidad de las cosas?
10 ¿Dónde estaba la familia de los Fuentes?
11 ¿Qué hacía don Ricardo?
12 ¿Dónde estaban las niñitas?
13 ¿Dónde trabajaban los hijos de doña Marta?
14 ¿Por qué estaba preocupada doña Marta?
15 ¿Qué oyó la señora Fuentes por radio?
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