Friday, October 1, 2010

Elecciones Congresales: La Víspera

El país había vivido, desde hacía unos cuantos meses, en un agitado ambiente político preparatorio al día en que debían efectuarse elecciones generales de diputados y senadores para todo el territorio nacional. En las últimas elecciones municipales los partidos habían tenido amplia oportunidad de ejercitar sus músculos políticos, tomarle el pulso a la veleidosa opinión pública y delinear cautelosamente posiciones y alianzas que les llevaran al triunfo en las justas congresales que se avecinaban.

Los más agudos observadores políticos y la prensa imparcial de Surlandia estaban de acuerdo en que estas elecciones serían de decisiva importancia para la marcha futura de la nación. Los últimos años habían visto la división del Partido Azul, provocada por la juventud de esa agrupación política en aras de "un conservatismo moderno que vele por un ordenado cumplimiento de un programa cristiano que satisfaga las justas aspiraciones de nuestras clases trabajadoras". El país había presenciado igualmente el inesperado crecimiento de un hasta entonces insignificante grupo conocido como el MAP, sigla que designaba su consigna política de Movimiento de Avance Popular, en detrimento de las fuerzas del Partido Nacionalista cuyas bases populares había menguado el MAP por medio de artera y demagógica campaña. Sólo el Partido Amarillo, compuesto de hombres de negocios, diestros liberales, había logrado mantener su unidad política, hecho que lo situaba en una posición de privilegio frente a los ofrecimientos aliancistas de dos lados: los conservadores que se habían mantenido fieles a los postulados tradicionales de los Azules y que ahora daban en llamarse Partido Conservador Auténtico, y los nacionalistas de clase media que deseaban mantener su precaria posición política de partido de centro. Todos estos sucesos habían resultado de los crecientes problemas que enfrentaba el país en su acelerado crecimiento, problemas que eran acaloradamente discutidos por la ciudadanía surlandesa y que habían dado lugar, además, al nacimiento de numerosas facciones políticas de menor importancia, dirigidas tanto por idealistas como por demagogos de todas clases. Las elecciones parlamentarias que se avecinaban despejarían la incógnita política en que se debatía el país.

Con el característico y exaltado entusiasmo con que se comenta una carrera de automóviles, un partido de fútbol o un encuentro pugilístico, oficinistas y obreros, profesores y estudiantes, jubilados y dueñas de casa, formaban corrillos o se agolpaban frente a las improvisadas tribunas públicas desde las cuales peroraban candidatos y dirigentes políticos exponiendo sus puntos de vista o exaltando a quienes, de ser elegidos, llevarían al país por una senda de progreso y de salvación nacional. El Partido tal proclamaba a sus candidatos en un teatro de barrio, el Partido cual efectuaba una Marcha de la Victoria que paralizaba el tránsito por varias horas. Día tras día, pueblos y ciudades veían las paredes de los edificios y los postes de teléfono cada vez más embadurnados con cartelones y leyendas pintadas a brocha gorda ensalzando a un Partido o a un candidato o con gruesas letras negras que, obliterando a los anteriores, indicaban un "¡Muera!" para éste o "¡Traidor!" para este otro. De nada valían los virtuosos editoriales de los periódicos que condenaban estas 'muestras de incultura social" o las desganadas incursiones a que se veía obligada a dar la policía aguijoneada por una que otra incómoda asociación cívica.

A medida que se acercaba el día fijado para las elecciones, que era el próximo domingo, la actividad política aumentaba a ritmo acelerado y no faltaba un herido a cuchillo o a bala como resultado de una discusión en algún bar de mala muerte.

Era la noche del viernes, dos días antes de las elecciones. Alfredo y Julio Fuentes, después de una acalorada discusión con su padre a la hora de la comida acerca de sus respectivos y rivales partidos políticos, se habían retirado a dormir. Julio, que era Secretario del Partido Demócrata Conservador, la ex-juventud del Partido Azul y Alfredo, Vocal del mismo, no podían comprender cómo era posible que su padre tuviera ideas tan anticuadas. Eso quedaba para personas como Don Rafael Angel Valenzuela, que mucho tenía que perder con una derrota de su facción Auténtica, y para Manuel Gormaz, persona de poca imaginación y apéndice apologista de un orden en decadencia. Don Ricardo, por su lado, se había esforzado vanamente por inculcar una vez más sus ideas moderadas, pero nada podía en contra de la idealista juventud que, según él, impulsaba a sus hijos por un camino iluso y sin meta.

Alfredo, ya metido en su cama, había tratado sin éxito de leer una novela de detectives. Le había sido imposible concentrarse en las complicadas pesquisas del culto y refinado protagonista de la novela. Con un gesto de aburrimiento, marcó con un doblez la página en que había estado leyendo, cerró el libro y lo dejó en la mesita de noche. Luego, tornó el reloj despertador, lo puso a las siete y en seguida le dio cuerda. Tendría un día muy agitado, lleno de reuniones de última hora ese sábado antes de las elecciones. Y bostezando, apagó la luz.

Julio también se había ido a su pieza, pero, en vez de acostarse, se había puesto a escribir un discurso electoral estimulado por la discusión recientemente sostenida con su padre. Estaba seguro de que al día siguiente tendría ocasión de usarlo.

Don Ricardo, después de levantarse de la mesa, había ido al baño y, olvidándose de los temas políticos, había emPezado a lavarse los dientes después de asegurarle a Marta, su esposa, que sí, que ya iba a meterse pronto a la cama. "Por qué no se quedará dormida", pensaba, "siempre con eso de que apúrense, que ya es tarde, que apaguen la luz, que no puedo dormir, y cuanto rezongo hay."

La tranquilidad reinaba, por fin, en la casa de los Fuentes.

De pronto, el lastimero aullido de una sirena rompió el silencio de la noche. Julio y Alfredo Fuentes, ambos voluntarios de la Primera Compañía de Bomberos, la que reclutaba a sus servidores entre las Personas distinguidas de la sociedad capitalina, se aprestaron precipitadamente a acudir al siniestro al oír el insistente llamado que el deber cívico les imponía. Julio, nerviosamente, arrebató la chaqueta de cuero que colgaba de una Percha, se echó una toalla al cuello y, cogiendo el casco dorado de su oficio, salió a escape hacia el garage. Alfredo, por su parte, semi-dormido aún, se levantó de un salto de su cama y, troPezando en la oscuridad de su cuarto trató de encontrar su ropa. Despierto al fin, prendió la luz y se vistió a medias con su uniforme de trabajo. A la carrera por el pasillo que conducía a la puerta trasera de la casa y al garage, trataba aún de abrocharse un porfiado botón de la pesada chaqueta.

A todo esto Julio ya había puesto el carro en marcha y tocaba insistentemente la bocina. --¡Por fin llegas! --exclamó Julio. Y puso el cambio en primera haciendo partir el coche con un salto entre un fuerte crujido del engranaje. Casi al mismo tiempo frenó súbitamente y le gritó a su hermano:

--¡La puerta! ¡Bájate a abrir la puerta!

Alfredo saltó del carro y se abalanzó a abrir la reja de hierro que les impedía el acceso a la calle. En ese momento, el azorado Alfredo se dio cuenta de que no se había puesto los zapatos. Sin volver al coche emprendió la carrera hacia la casa mientras le gritaba a su hermano:

--¡Espérame!..¡Los zapatos!..¡Los zapatos!

Alfredo desapareció dentro de la casa sin alcanzar a oír las seleccionadas recriminaciones que le lanzó su hermano. Al entrar corriendo en la casa vio a su padre que, en camisa de dormir y a pie pelado, venía hacia él tratando de decirle algo. Sin prestarle atención, pasó a su lado, jadeando y a grandes zancadas. Penetró en su alcoba, recogió los zapatos y al volverse para comenzar de nuevo su loca carrera, calzado en mano, por poco se da de narices con Don Ricardo en la puerta misma del dormitorio.

--¡A1fredo! ¡Escucha de una vez! ¡Llamaron por teléfono del Cuartel de Bomberos ••• El incendio••• Es en el local del Partido Naciona1ista ... !

--¡Caramba! --dijo Alfredo con voz ronca. Yeso fue todo lo que Don Ricardo le oyó decir, pues Alfredo ya había desaparecido en la penumbra del pasillo. Un segundo después, oyó Don Ricardo el ruido furioso del motor del carro que arrancaba a gran velocidad.

Julio manejaba el coche con un desprecio absoluto y las gomas del vehículo chirriaban al patinar peligrosamente en las violentas curvas. Agarrado al asiento, Alfredo iba inclinado hacia adelante, mirando fijamente al camino y con las mandíbulas apretadas en firme determinación. A medida que se acercaban al lugar del siniestro, aumentaba el número de personas que corrían por la calle y el ruido ominoso de las bocinas de las bombas se dejaba oír con persistencia cada vez mayor. Por fin, enfilaron por una calle al fondo de la cual se vislumbraban algunas llamaradas que surgían hacia el cielo entre espeso humo. Julio detuvo el carro y ambos se bajaron precipitadamente y emprendieron una rápida carrera.

Atravesando un cordón de policía, los dos hermanos empezaron a recibir las órdenes entrecortadas de su Comandante. La confusión era tremenda: gritos por todas partes, gente corriendo, saliendo y entrando del local amenazado, mangueras culebreando por el suelo, ruido de vidrios rotos, objetos y muebles lanzados desde 10 alto por los heroicos voluntarios y, en medio de todo, chorros de agua que rebotaban en las paredes y empapaban cuanto objeto y ser humano se encontraba en la calle.

Alfredo, sin perder tiempo, se encaramó por una escalera extendida desde un moderno y rojo carro de bombas y empezó a subir rápidamente por ella. Julio tomó una gruesa manguera que alguien le pasó y, sujetando el poderoso pitón con todas sus fuerzas, dirigió el enorme chorro de agua hacia la ventana por la que iba penetrando su hermano. Empujado por el impacto del húmedo elemento, Alfredo cayó de bruces dentro de la habitación, volando su casco por el suelo.

Se levantó, desabrochó como pudo un hacha de mano que llevaba a la cintura y se abalanzó contra una puerta que le impedía el paso. Después de unos cuantos golpes furiosos con el afilado instrumento, la puerta cedió, hecha astillas y Alfredo penetró en un corredor cargado de negro humo. Cubriendo su cara con la toalla mojada, siguió por el pasadizo y desembocó en una gran oficina. Esta estaba llena de bomberos.

--¡A ver! ... ¡Esta caja de fondos! ... ¡A la una ... a las dos •.. y a las tres ... ! --exclamaban los voluntarios dándose ánimo. y la pesada mole de fierro voló por una ventana hacia la calle.

--¡Los archivos! --gritó Alfredo, tosiendo por el humo --¡Hay que salvar los archivos!

Ayudado por dos o tres personas Alfredo llevó hacia la ventana el pesado mueble que contenía los archivos del Partido y, empujando todos penosamente, lograron hacer pasar el voluminoso estante por la destrozada celosía. En su viaje por el espacio, se abrieron las puertas del armario el que, dejando una estela de papeles tras sí, se hizo añicos en el pavimento de la calzada.

--¡Al techoooo! --se oyó a alguien que gritaba a voz en cuello.

Alfredo y los demás, dejaron de hacer lo que en ese momento les ocupaba y partieron desbocados en dirección de una terraza. Sin saber cómo, escalando una pared por aquí, apoyándose en algún caño de agua por acá, Alfredo se encontró en el techo del edificio, cerca del lugar en que las llamas parecían salir con más furia. Blandiendo el hacha nuevamente, empezó a destrozar tejas y planchas de lata que daba gusto.

--¡¡¡Cuidadoooo!!! --exclamó alguien angustiosamente.

Dándose cuenta instintivamente que el techo estaba a punto de derrumbarse, Alfredo se dejó resbalar y, con un salto cayó pesadamente en la terraza. Equilibrándose precariamente, corrió en seguida por una estrecha cornisa que conectaba este lugar con una explanada en el edificio vecino. No bien se había puesto fuera de peligro, cuando un estruendo horroroso le indicó que el techo, consumido sus cimientos por las voraces llamas, acababa de hundirse.

Pasadas algunas horas de arduo trabajo, los bomberos lograron finalmente circunscribir el fuego. Fuera de algunos que habían sufrido lesiones de carácter leve y uno que otro pequeño principio de asfixia, no hubo mayores daños personales que lamentar. Alfredo y Julio Fuentes, agotados por completo, regresaron a su hogar sin hablar palabra, hechos una sopa y sucios como carboneros.

A lo lejos, por encima de las colinas, la suave claridad del alba rompía ya la oscuridad de la noche.

1 ¿Por qué estaban de acuerdo los observadores políticos y la prensa imparcial de Surlandia en que estas elecciones serían de decisiva importancia para el país?
2 ¿Cuáles eran los partidos políticos que se disputaban el predominio en las elecciones en Surlandia y cuáles eran sus fines políticos?
3 Enumere los distintos grupos de personas que formaban corrillos o se agolpaban frente a las improvisadas tribunas públicas desde las cuales peroraban los candidatos y dirigentes politicos.
4 ¿De qué medios se valían los distintos dirigentes de los partidos políticos para llamar la atención del público y ensalzar a sus candidatos o partidos?
¿Eran estos medios semejantes a los que usan en este país los dirigentes políticos? Explique si hay alguna diferencia.
5 ¿Cuál era el partido político de Julio y Alfredo Fuentes, y qué posiciones ocupaban ellos dentro del partido?
6 Explique las diferencias entre las ideas políticas de Don Ricardo Fuentes y sus hijos Alfredo y Julio.
7 Relate detalladamente lo que hicieron Don Manuel y sus hijos una vez terminada la discusión política.
8 ¿Por qué tuvieron que salir Julio y Alfredo cuando el lastimero aullido de una sirena de bomberos rompió el silencio de la noche?
9 Describa cómo se vistieron Julio y Alfredo ante el insistente llamado que el deber cívico les imponía.
10 ¿Pór qué tuvo que bajarse Alfredo del carro, y de qué se dio cuenta en ese momento?
11 Relate la entrada de Alfredo a la casa y su encuentro con Don Ricardo.
12 Describa la confusión que reinaba en el lugar del siniestro.
13 ¿Qué fue lo primero que hicieron Alfredo y Julio al llegar al lugar del incendio?
14¿Pudieron Alfredo y los otros voluntarios salvar la caja de fondos y los archivos del partido? Explique lo que sucedió.
15 ¿Qué tuvo qué hacer Alfredo para que el techo no se derrumbara encima de él?


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