Es de imaginarse, entonces, la expectación de la gente en Las Palmas cuando el Congreso Nacional aprobó una ley especial que autorizaba el gasto de varios millones de pesos para hacer de Surlandia el país que iba a organizar las próximas Carreras Panamericanas de Automóviles y de Las Palmas por primera vez la meta final de tan gran evento deportivo. Correspondía, como siempre, al Automóvil Club del país que organizaba la carrera ponerse en contacto con los clubes similares de los otros países participantes por medio de la Federación Interamericana de Automóvil Clubs, para establecer los reglamentos, fechas y recorridos. Esta vez, el circuito iha a pasar por seis o siete países, utilizando en parte los sectores terminados de la Carretera Panamericana.
Los participantes eran numerosos yo de Surlandia iban seis pilotos, dos de ellos veteranos de muchas carreras similares. Ellos eran Benito Pugnacci y Juan Vicentini, que en pasadas ocasiones habían competido con hombria y honor contra Molos como Juan Manuel Fangio y Domingo Marimón de Argentina, Arnaldo Alvarado de Perú y Lorenzo Varoli de Chile.
Dos meses antes de la carrera, el Departamento de Caminos del Ministerio de Obras Públicas de Surlandia había ordenado efectuar una serie de reparaciones en los caminos del país por donde iban a pasar los corredores: se pavimentaron de nuevo algunos sectores del camino, se reforzaron puentes, se llenaron hoyos en las curvas peligrosas, se instalaron nuevos signos en la ruta, etc., etc.
Mientras esto sucedía, los pilotos surlandeses trabajaban en sus coches y probaban sus máquinas en el Circuito del Parque Forestal frente a un constante y numeroso público que los aclamaba. Los dos veteranos, Pugnacci y Vicentini, por subscripción popular, hicieron viajes por el territorio de algunos de los países participantes para recorrer los sectores más difíciles y así familiarizarse con las dificultades del terreno.
Llegó el día tan esperado de la partida, a miles de kilómetros de Las Palmas. Desde temprano ese día domingo se había reunido en la casa de los Fuentes un grupo de amigos. Además de los dueños de casa, estaban Don Manuel Gormáz {ahora un verdadero fanático por todo lo que se refería a automóviles}, Fred Robinson y Ralph Phillips. Allí estaban también Alfredo y Julio Fuentes y Alberto Valenzuela, Patricia Phillips y otras personas. Don Ricardo, que tenía una buena radio de onda corta, se había levantado muy temprano. Y, por supuesto, Manuela, la cocinera, tan madrugadora como siempre, estaba lista con abundante café y pastelitos para todos. Alfredo y Julio habían cortado una parte del periódico en que estaban tabulados los participantes, etapas, fechas, recorridos y toda clase de informaciones para así poder llevar un detalle completo de la carrera. Hasta tenían un mapa especial que habían comprado en un puesto de revistas en el que se podían poner alfileres de varios colores y así seguir visualmente el progreso de los favoritos.
Cuando llegaron todos, ya la radio daba las primeras noticias en la voz excitada de los locutores:
-¡¡Ya han llegado casi todos los pilotos...y con esta enorme multitud es difícil ver las posiciones que ellos están ocupando!!
¡¡¡Aquí, sobre la hermosa capital de esta Rrrrepública, cae una persistente lluvia que no disminuye el calor de los aplausos con que el púhlico... juí juí rrrpst boing boing acercándose en estos momentos!!! EN ESTOS MOMENTOS, SENORAS y SENORES, RRRRIGOBERTO PARRAVICINI, GRAN PILOTO, IDOLO FAVORITO DE uí úaúa aaa uíp Parravicini, por favor, unas palabras para nuestros juí juí boing boing
-Un saludo especial para mi viejecita, para mi esposa y boing boing juí juí uí aaaa
-¿Y cómo se siente para este evento, Parravicini?
-En gran condición. Es una carrera difícil, pero estoy seguro del triunfo
La transmisión, algo interrumpida por la estática, daba, sin embargo, una buena idea del entusiasmo de la gente en la línea de partida.
Y, por fin, el momento culminante:
-¡¡¡EN ESTOS MOMENTOS ACABA DE TERMINAR LA CONSULTA DEL COMITE OFICIAL !!!
y con una voz más suave y profunda:
- ... ya en cualquier momento va a partir el primer coche, y mientras esperamos, siga Ud. este consejo: 'Para dolores de cabeza, Doloral, para resfríos, Dolora!. Doloral, siempre Doloral' Los coches están listos y son varias las cuadras de coches en línea; van a salir uno cada minuto.. Escuchen Uds. el ruido de sus motores en marcha: ... RRRRRRRRRRRRRRRR!!! ... El número 1 ha correspondido al coche de José Almarza de Andivia, el número 2 al de Rodrigo Carranza de Chile ... el número 24 al de Benito Pugnacci de Surlandia ... el número 25 al de Ismael Veloso del Uruguay ... el número 50 al de Juan Vicentini de Surlandia ... ¡¡¡PARTIOOOO.u PARTIO EL PRIMER COCHE••• SENORAS y SENORES ••• PARTIO EL PRIMER COCHE!!! •••
Y entre el ruido de motores y los gritos de un público fanático se oía en la radio al locutor que gritaba a voz en cuello:
- ¡YA PARTIDO EL PRIMER COCHE••• A GRAN VELOCIDAD YA HA DESAPARECIDO••• LA POLICIA ESTA TRATANDO DE QUE ESTA GRAN MULTITUD SE RETIRE DE LA PISTA Y QUE SE ... ¡DIERON LA PARTIDA AL SEGUNDO COCHE••• !!!
Y así continuaron escuchando hasta que partieron todos los coches piloteados por los surlandeses, una hora y media después, mientras cambiaban impresiones sobre los méritos de un piloto u otro, de sus carros, de sus posibilidades.
Patricia, que había visto una vez una carrera en Indianápolis, no se imaginaba cómo podían esos pilotos correr día tras día por caminos abiertos, a veces muy malos, pasando de país en país, en esos coches tan pequeños. Hasta que le explicaron que esos carros no eran de ese tipo, sino que automóviles corrientes de pasajeros, aunque reforzados, con motores especialmente preparados y muchas veces con dos volantes: así el piloto y el co-piloto podían cambiarse sin perder tiempo, etc.
-Ah, claro- dijo Patricia -es parecido a las que llamamos 'stock car races' en los Estados Unidos, sólo que allá se hacen en circuito cerrado.
Otra cosa que le intrigaba a Patricia era cómo podían correr a tan grandes velocidades por caminos públicos. y le explicaron que estos se cerraban a todo tráfico dentro de las horas límites de reglamento en que iban a pasar los corredores por un sector determinado y que así no había peligro para nadie, que para el cumplimiento de estas y otras disposiciones había patrullas policiales en las carreteras, etc. También Patricia preguntó que de dónde salía el dinero para los gastos y le contestaron que esto se hacia por diversos medios: subvenciones de los gobiernos, de los Automóvil Clubs, y de las compañías de gasolina, de llantas, de carros, de bujías y otras firmas comerciales que vendían medicinas para los dolores de cabeza (Doloral, por ejemplo), etc. Lo único que los corredores tenían que hacer era llevar la propaganda en anuncios en las carrocerías de sus coches.
Durante siete días no se comentaba en Las Palmas otra cosa que de las carreras. Las tres primeras etapas las habia ganado un piloto de Andivia, lo que había herido profundamente el sentido patriótico de los fanáticos surlandeses; pero Benito Pugnacci, aunque iba bastante atrás, poco a poco iba reconquistando terreno. Ya se indicaban apenas dos horas de diferencia entre estos rivales. Otras dos etapas habian sido ganadas por un argentino y las cuatro penúltimas por corredores de varios otros países.
A pesar de todas las precauciones no faltaron accidentes, algunos de ellos fatales. Un piloto, que corría a gran velocidad por un camino muy estrecho en unas montadas, cayó a un precipicio al reventársele una llanta. A otro, en una curva muy cerrada cerca de un pueblo en Chile, le falló la dirección y el carro se fue en contra una sólida barrera de piedra muriendo ambos ocupantes instantáneamente. Otro, en la noche del tercer día, que iba bastante atrasado y que corría como un loco para llegar al final de esa etapa antes de la hora límite, chocó contra una vaca que estaba tranquilamente en el centro del camino, dando el carro tres vueltas en el aire, matándose el co-piloto y quedando el piloto gravemente herido. Pero, éstos eran los riesgos y, aunque todos lamentaban la suerte desgraciada de hombres tan valientes, ello era un ingrediente indispensable que hacía de las carreras algo tan emocionante. De pueblo en pueblo, de capital en capital, de país en país, se aglomeraban las gentes para ver pasar a los corredores. Y quien no sentía esa tremenda emoción cuando se oía el grito de '¡¡¡COCHE A LA VISTA!!!'.
Al final de cada etapa, los corredores eran recibidos por las autoridades con discursos, fiestas y regalos y eran asaltados por muchachas que les pedían sus autógrafos. Y así, cansados aún, partían al día siguiente en otro esfuerzo por alcanzar la meta final.
Llegó el octavo día, el de la última etapa. Se esperaba al primer corredor a eso de las 5.30 de la tarde. Algunas horas antes, se tuvieron noticias que el primer coche había cruzado la frontera sur de Surlandia. Era el número 131, de un piloto de Andivia.
-No puede ser- decía un señor que discutía con otro en un grupo frente a la puerta de un café.
-¿No oíste lo que dijo la radio?- decía otro con indignación -Dicen que a Pugnacci le hicieron sabotaje al auto anoche, para que así gane el 131. Estos andivianos siempre han jugado sucio.
-y así, entre rumores que iban y venían, aumentaba la expectación de la gente en Las Palmas. Los altoparlantes en las calles y plazas anunciaban los detalles de la carrera minuto a minuto y la gente, que había salido temprano del trabajo, se iba aglomerando en la línea de llegada en las afueras de la capital, alrededor de un gran arco de triunfo y frente a la tribuna oficial.
A las cuatro de la tarde, ya no había lugar ni para poner un alfiler. Los Fuentes, los Phillips, Los Gonnáz, los Robinson, los Valenzuela, estaban todos sentados en la tribuna oficial. A las cinco, la policía apenas podía dominar a la multitud que, 'en su deseo por ver mejor, trataba de ocupar el camino mismo por donde iban a pasar los corredores. Todos miraban hacia el fondo de la gran recta final por donde luego iba a aparecer el primer coche. De pronto, alguien gritó: !!!Coche a la vistaaaa!!! Y todos invadieron el camino. En realidad, a la distancia se veía un puntito negro y una nube de polvo. Pero nada. Tal vez era un carro de la policía, o algo, porque pronto desapareció. Hubo varias falsas alarmas y momento a momento crecía la expectación. Hacía calor y los infaltables vendedores de refrescos y otras cosas hacían su agosto. Eran cerca de las seis y ya empezaba a hacerse de noche.
¡¡¡COCHE A LA VISTAAAAAt!! gritaron cientos de personas a la vez. En el fondo del camino apareció una mancha negra con dos puntos luminosos que crecía rápidamente. No había duda: era el primer coche. Y, de repente, en menos de tres segundos, otro gran grito:
¡¡¡OTRO COCHEEE!!! Efectivamente, otro carro avanzaba, corriendo ahora casi paralelo al primero.
y dos rugientes masas cruzaron la meta como un bólido.
Un grito inmenso salió de la multitud, que corría hacia los héroes del día.
Con segundos de diferencia, otros coches empezaron a llegar, acelerando en un esfuerzo final desesperado. A las diez de la noche, hora limite, todavía llegaban coches.
Toda esa noche trabajaron los comités oficiales computando los tiempos de cada corredor. A la mañana siguiente, los periódicos de toda Latinoamérica anunciaban a grandes titulos quién era el que había ganado la carrera, con numerosas fotos y muchísimos detalles de la última etapa, los premios, las recepciones oficiales y las declaraciones y reclamos de algunos pilotos.
-¡Qué mala suerte!- comentaba Alfredo y Julio en la oficina esa mañana - Tenía que suceder. A última hora, rompérsele un eje a Pugnacci, cuando había recuperado bastante tiempo y pasado al primer lugar...
- En fin - decía un compañero - para las próximas carreras no le gana nadie. Con esa experiencia...
y tal vez asi pudo haber sido... Sólo que algunos meses más tarde el pobre Pugnacci moria atropellado por un automóvil en esa fatidica esquina de la Estación Central.
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