Doña Rosa, siempre preocupada de aumentar el prestigio social de la familia, desde hacia tiempo habia decidido convencer a Don Manuel de que su importancia en el mundo burocrático debia complementarse con la adquisición de ciertos bienes materiales. La culminación de las aspiraciones de Doña Rosa, el sueño de su vida, era un automóvil.
Don Manuel, hombre exageradamente tranquilo y conservador, veia con horror las complicaciones que tal objeto mecánico le iba a traer a su vida. Por meses habia podido resistir la presión constante de su esposa en este sentido. Esa noche, sin embargo, Doña Rosa, habiendo agotado los sutiles e indirectos medios caracteristicos a toda mujer, consideró que las defensas de su esposo ya no eran tan fuertes como al principio y estimó que habia llegado el momento de dar el golpe decisivo.
Al oir el nombre de las Srtas. Martinez, de sus empleados, y que su esposa lo trataba de porfiado, Don Manuel reaccionó en la forma esperada por Doña Rosa. Cerró el libro, lo dejó en la mesita de noche y miró a su mujer con decisión.
-¿Yo? ¿Porfiado?-le dijo con sorpresa. -Dime de una sola vez en que yo no he hecho lo que tú has querido.
-Tú sabes muy bien que ésa no fue mi intención, Manuel- contestó Doña Rosa, mirando hacia otro lado y llevándose un pañuelo pequeñito a la nariz. -Pero es que las Srtas. Martinez...
-Esas viejas... Pero bueno, Rosita, cálmate. Les vamos a hacer ver que los Gormáz no son menos que ellas- dijo Don Manuel suavemente.
y fue así que Don Manuel se levantó al dia siguiente decidido a comprar un automóvil. Es verdad que tenia algún dinero, producto de largos años de trabajo... y de algo que le habia dejado una tia soltera al morir. Pero unos meses atrás había hecho unas inversiones y habia gastado bastante en arreglar la casa como resultado de las ambiciones sociales de su mujer. Un carro nuevo, ni pensarlo, a lo menos por el momento. Después de todo, lo importante era tener un auto; nuevo o viejo era lo mismo en Surlandia, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el gobierno habia impuesto tantas restricciones a la entrada de automóviles que aún el auto más viejo, además de valer una fortuna, era simbolo suficiente de prestigio y modernismo.
Don Manuel, mientras iba esa mañana en el autobús a su oficina, empezó a mirar los anuncios del periódico: 'Chevrolet 1936, en perfecto estado; un solo dueño; vendo esta tarde'; 'Ford 1947, dos puertas, regalo hoy'; 'Chrysler 1955, vendo o cambio por casa, verlo mañana en Calle Córdoba 112 o llamar al 2025'; etc., etc., etc.
La mayoría de los anuncios eran de personas particulares y Don Manuel sabía muy bien que muchas de ellas ganaban mucho comprando un carro, esperando unos meses y, cuando el precio subía, lo vendían otra vez. Uno de los empleados de su oficina, por ejemplo, hacía esto por lo menos tres veces al año. Don Manuel, que no entendía nada de automóviles, cerró el periódico, cansado de ver tantos anuncios. De repente, pensó en Don Ricardo Fuentes, ese empleado suyo amigo de unos norteamericanos - Rollington, Remington, Robertson qué nombres tan difíciles tenían estos extranjeros. Le voy a pedir a Don Ricardo que me presente a ese señor de los Estados Unidos, pensó. Don Manuel Gormáz, que debido a su carácter no tenia grandes simpatías por los norteamericanos ni por los extranjeros en general, sí creía que todos, pero absolutamente todos los norteamericanos sabían mucho de automóviles.
Muy contento con su brillante idea, Don Manuel se dedicó tranquilamente a mirar hacia la calle, mientras que el autobús, a gran velocidad, zigzagueaba por entre coches y peatones. Poco después de llegar a la oficina, tomó el teléfono y llamó a Don Ricardo, que trabajaba en el piso de abajo:
-¿Aló? ¿Con Don Ricardo?
-Sí, con él.
-Hola, qué tal, mi amigo. Habla con Manuel Gormáz.
-Ah, Don Manuel, ¿cómo está? ¿Qué talla familia?
-Bien, gracias, aunque hemos tenido a Luisito con paperas. Pero no es nada serio, a Dios gracias.
-Cuánto lo siento... ¿En qué puedo servirlo, Don Manuel?
y Don Manuel le explicó a Fuentes que queda comprarse un carro y le pidió si podía presentarle a ese señor Rosenson (Robinson- dijo Don Ricardo, ofreciendo diplomáticamente una corrección) para ayudarle a buscar. A Fuentes, que conocia muy bien el carácter del Sr. Gormáz, no le gustó mucho la idea; pero qué hacer, después de todo él era su jefe. Y le contestó que con muchisimo gusto. Esa tarde Don Ricardo Fuentes habló con Fred Rohinson y le explicó su prohlema. Robinson, que era una persona muy amable, especialmente cuando se trataba de automóviles, lo que era uno de sus 'hobbies', aceptó encantado y le dijo a Don Ricardo que podía acompañar al Sr. Gormáz a ver coches el sábado. Fuentes quedó feliz por haber salido tan fácilmente de esta dificultad, y agradeció a Fred repetidas veces.
Ese sábado, DonQHuel llegó a la casa de Robinson acompañado por Fuentes. Era temprano, poco después del desayuno. Fred, como siempre, estaba en el garage, con un overol sucio y las manos llenas de aceite y con la cabeza metida en el motor de su carro.
-Hola-saludó Robinson alegremente, mientras se acercaba a recibirlos.
-Buenos días, Fred- respondió Fuentes. -Le presento al Sr. Manuel Gormáz. Don Manuel, -dijo en seguida- el Sr. Rohinson.
-Mucho gusto- dijo Fred. -Perdóneme por recibirlo en esta forma y no ofrecerle la mano. Mire como las tengo, llenas de aceite. Es que esta mafiana, al hacer partir el motor, me pareció que tenía un ruido raro. Creía que eran los cojinetes de una biela gastada y•••
-Tanto gusto-respondió Don Manuel, sintiéndose un poco incómodo. Y, aunque quedó sorprendido de oir a un norteamericano hablar español, se extrañó bastante de ver a una persona como Robinson, culta y decente, vestida de esa manera y haciendo un trabajo que él estimaba que correspondia a gente de baja clase. Y se convenció que los norteamericanos, como él siempre habia creido, eran personas muy dificiles de
comprender. Pero, al mismo tiempo, Don Manuel era buen diplomaitico. Además, no quería dar la impresión de que no sabia nada, pero absolutamente nada de motores. Por eso, después- de decir 'tanto gusto', continuó, dándose importancia:
-No se preocupe, Sr. Remington.- Y se acercó a examinar el motor del coche. -Tal vez no es nada serio-dijo.
Después de cambiarse de ropa, Robinson bajó a la sala donde lo esperaban Don Manuel y Fuentes. Este último, después de quedarse up momento más, mientras Don Manuel le enseñaba a Fred algunos anuncios que había seleccionado, se despidió y se fue. Gormáz y Robinson continuaron conversando y pronto salieron en el carro de Fred. Después de unos minutos, llegaban a una casa particular. Llamaron a la puerta y apareció un señor gordo de bigotes.
-¿Vienen por el anuncio? -preguntó el señor.
-Sí, señor-contestó Don Manuel- ¿Podemos ver su coche?
-Sí, cómo no. Es ése que está ahi en la calle- respondió el dueño -Es un Ford 1938; está como nuevo. Le he cambiado la batería••• y mire los asientos, están nuevecitos. -Y, mirando a Fred, el señor gordo le dijo a Don Manuel: -El, ¿viene con Ud.?
-Sí, pensamos comprar un coche entre los dos- contestó Gormáz rápidamente. Don Manuel que no sabía nada de autos, sí comprendía bastante la psicologia de sus compatriotas. De este modo, el señor de los bigotes no podia sospechar de su ignorancia y así tenia también que aceptar la presencia de Robinson. Fred, al oir esto, miró a Don Manuel con cierta sorpresa, pero luego se dio cuenta de su intención.
-¿Podemos manejarlo? -dijo Fred, después de mirar el motor y bajar la tapa.
-Si Uds. gustan -dijo el dueño, no muy contento con la idea.
Entraron todos al coche y Fred, después de soltar el freno de emergencia, que estaba un poco largo, dio el contacto y nada. Sólo un ruido ahogado del motor.
-Permítame- dijo el señor gordo. Y explicó: -Es que la mañana está un poco fria, Ud. sabe. y cambiándose con Robinson, tomó el volante e hizo una serie de maniobras misteriosas con los instrumentos del tablero. El motor partió inmediatamente. Fred, sorprendido, se sentó nuevamente en el asiento del chofer.
-Con dar una vuelta a la manzana es suficiente -empezó a decir el dueño. Pero Robinson siguió derecho hacia una calle inclinada. Aceleraba, disminuia, frenaba, soltaba el volante, apretaba el embrague, ponia el cambio en primera, en segunda, en tercera, en marcha atrás. Don Manuel iba en silencio, haciendo un esfuerzo por comprender el significado de tat J maniobras••• Y ponía una cara de inteligencia, haciendo gestos estudiados o moviendo la cabeza segó las circunstancias. Por fin, volvieron.
-Bueno, ¿qué les parece? Magnifico, ¿verdad? -dijo el dueño del carro.
-Si, no está mal -empezó a decir Gormáz, para darle tiempo a Fred o por decir algo.
-Mire, señor- dijo Robinson -¿cuánto pide por el coche?
-Cinco mil pesos. Cuatro mil ahora y el resto a sesenta días••• Perdónenme, allí parece que vienen otras personas a ver el carro-dijo, al ver a unos señores que llamaban a la puerta de la casa. Y fue a recibirlos.
-Este auto- le dijo Fred a Don Manuel, cuando estuvieron solos- para ser tan viejo no está tan mal. Se ve que tiene los frenos gastados y que el sistema eléctrico y la carburación no están muy bien. Es mejor que veamos otros coches; tal vez vamos a poder encontrar algo mejor. Para arreglar estos defectos tiene que gastar mucho dinero- continuó Fred- -Ud. sabe lo que cuestan los repuestos y las reparaciones aqui en Surlandia.
Después de decirle al señor gordo que iban a volver, Fred y Don Manuel se fueron a ver otros carros. Pero, o éstos eran muy caros o los que costaban un poco menos tenian toda clase de defectos: abolladuras en los guardafangos o en la carroceria, la tapiceria gastada, las llantas viejas, el parabrisas suelto, la transmisión o el generador malos, el sistema hidráulico o el radiador en malisimas condiciones, etc., etc., etc. Y en todas partes, ni un centavo menos, decian los dueños. En realidad, éstos no tenian necesidad de rebajar el precio. En Surlandia, todo coche, nuevo o viejo, se vendía inmediatamente. Don Manuel, a quien en muchos casos le habia gustado uno u otro carro, se sentia cada vez más cansado y desilusionado. Aunque él confiaba en la capacidad técnica de Robinson, que era lo único que Don Manuel les concedia a los norteamericanos, le parecia que Fred se fijaba mucho en pequeños detalles. Por fin, le pidió a Fred que mejor era seguir viendo coches otro dia.
Robinson. que aunque honradamente creía que los carros que habían visto no servían para nada, tenía sin embargo, una razón especial para convencer de esto a Don Manuel. Poco después de ver el segundo o tercer coche se le había ocurrido una idea y éste era el momento de ponerla en práctica.
-Mire, Sr. Gormáz-le dijo Fred a Don Manuel -yo creo que lo mejor que Ud. puede hacer, es esperarse unos tres meses hasta que me llegue el carro nuevo que acabo de comprar en los Estados Unidos. Yo le vendo éste que tengo ahora. Como Ud. ve, es un Pontiac del año pasado y está en muy buenas condiciones. Podemos arreglar lo del precio en forma satisfactoria para los dos y el pago de la aduana lo hace Ud.
-Bueno, pero -dijo Don Manuel, a quién la idea le produjo gran entusiasmo- eso es mucho dinero para mi. Yo nunca he pensado en un coche tan caro.
-En realidad, si Ud. mira bien las cosas, no es tanto como Ud. cree -respondió Fred-los autos viejos gastan mucho más, como ya le dije antes. Con éste, Ud. ahorra dinero.
-Si, claro. Ud. tiene razón -dijo Don Manuel- Pero, dígame otra cosa, eso de la aduana no lo entiendo.
-Como soy diplomático, mi coche entra al país libremente. Pero, si lo vendo aquí, alguien tiene que pagarle a la aduana, ¿verdad? -dijo Fred sonriendo.
y así fue que Don Manuel se decidió a comprar el coche de Robinson. Conversando de precios, llegaron a la casa, mientras Don Manuel pensaba en las combinaciones monetarias que debía hacer: vender una propiedad, etc., etc. Y, lo que era más importante, pensaba en cómo decirle a su mujer que tenía que resignarse a esperar otros tres largos meses
No comments:
Post a Comment