Querida Betty:
Ayer recibí tu carta y te doy toda la razón por estar resentida conmigo porque, aunque es verdad que he estado ocupadísima desde que llegué, esto no es pretexto suficiente para no haberles dedicado un rato a todas mis amigas, especialmente a tí a quien prometí escribir muy a menudo. Espero que me perdones.
Me alegro que te hayas divertido tanto durante las vacaciones y que las cosas entre tú y Jim vayan tan bien. ¿No te lo dije yo desde aquel día? Y pensar que al principio no te gustaba ni un poquito. ¡Ay, Dios cómo cambian las cosas en este mundo! Bueno, me alegro muchísimo y te felicito. Sé que todavía no están pensando en casarse, pero ojalá que se decidan algun día porque los dos son el uno para el otro.
Ahora, déjame contarte de mi vida por estas partes. En primer lugar, quiero decirte que estoy muy contenta y, aunque al principio me hizo bastante falta todo lo de allá, no me costó mucho acostumbrarme.
He pasado casi todos estos meses estudiando para pasar unos exámenes a fin de poder entrar a la universidad. Esta ha sido la principal razón por la cual no te había escrito antes. No te imaginas la cantidad de cosas que tuve que aprender de memoria. El peor de todos en ese sentido fue el de Historia de Surlandia.... Fue algo horrible tener que recordar tantos nombres, fechas y una serie de detalles como nunca en mi vida había visto antes••• y todo en español, imagínate. Una cosa que me ayudó mucho fue que, por medio de Alberto Valenzuela, un muchacho que venía en el avión conmigo, conocí a muchos amigos y amigas de él, unos estudiantes de la universidad y otros que se estaban preparando para entrar, y todos me ayudaron muchísimo. Cuatro de ellos, un muchacho y tres chicas, estaban estudiando las mismas materias que yo porque iban a entrar a la Escuela de Pedagogía (donde estoy yo ahora; algun día te voy a contar por qué) y entonces los cinco estudiábamos juntos. Te digo que esa fue la salvación mía porque oyéndolos discutir y conversando con ellos fue como aprendí más. Lo divertido del caso era que me hacían levantanne todos los días a las cinco de la mañana, imagínate, para ir a estudiar con ellos en el parque. Se ve que eso es una costumbre entre los estudiantes aquí porque cuando nosotros llegábamos ya el parque estaba lleno y aquello parecía como un domingo en la tarde; todos los estudiantes paseándose con los libros abiertos recitan sus materias. Esta manera de estudiar se debe, según parece, a que el profesor le da al estudiante casi todo digerido y esto es casi exclusivamente lo que uno tiene que saber para los exámenes. El resultado es que los estudiantes se aprenden de memoria cantidades de detalles porque el que más detalles sepa, mejor pasa el examen. Así tuve que hacer yo, y estoy segura de que si en estos momentos entro a un 'quiz program' en los Estados Unidos, nadie me gana. Los primeros días no podía concentrarme por tanta distracción con otros estudiantes que a cada momento se acercaban para hablarnos de otras cosas. Pero en fin, así son las costumbres de cada país y poco a poco me fui acostumbrando. Bueno, la cosa es que pasé los exámenes más o menos bien, y ya hace como un mes que estoy en la Universidad.
La vida universitaria aquí es muy diferente a la nuestra y es difícil costumbrarse. Ahora me doy cuenta por qué a esas dos chicas latinas que estaban en nuestra clase, ¿recuerdas? les costó tanto adaptarse. Para empezar, aquí la gente joven no forma un mundo aparte sino que, por el contrario, participa en todas las actividades de los adultos; con decirte que en español ni siquiera hay una palabra para decir 'teenager'. Así, los muchachos y muchachas participan en la política nacional y se casan muy jóvenes•••¡qué lata!
Otra cosa que me ha llamado la atención ha sido ver tan pocas estudiantes mujeres en toda la universidad, con la excepción de la Escuela de Pedagogía, donde nosotras llevamos una mayoría de tres por uno. No sé cuál pueda ser la razón de esta mayoría, pero yo creo que aquí existe todavía la idea de que son las mujeres las que tienen mejores condiciones naturales para ser maestros. Parece también que, con la excepción de esta profesión, la mujer aquí todavía no ocupa el mismo lugar que el hombre en la vida pública y por eso se ven tan pocas de ellas en las otras escuelas de la universidad. Sin embargo, me dicen que esto ha ido cambiando en los últimos años y el número de mujeres en la universidad está aumentando cada vez más.
Volviendo al tema de la historia de Surlandia, quiero contarte que el 22 de septiembre fue el aniversario de la independencia de este país. Esta fecha se celebra con gran pompa todos los años y el gobierno declara el 21 y el 22 días libres para todas las oficinas públicas. Nosotros en la universidad tuvimos tres porque como esos días cayeron en miércoles y jueves, nos dieron el viernes libre también. Hubo muchas fiestas y bailes y paradas militares y qué no. Papá me llevó a todos los lugares. (Mamá no quiso ir a nada, tú sabes como es ella). Lo más fantástico de todo es que conocí personalmente al Presidente de la República, Don Carlos María González; ¿qué te parece? Fue en una recepción que dio el gobierno para el cuerpo diplomático y papá, aunque no es diplomático, fue invitado también y me llevó a mí. Cuando presentaron al Presidente nos dio la mano y habló bastante rato con nosotros. Yo me puse tan nerviosa que me porté como una idiota y no supe ni qué le dije cuando me habló. El jueves fui al gran baile de campesinos que hacen todos los años -en el Club Unión. Todo el mundo iba vestido con el traje típico del campesino que como puedes ver por la foto que aquí te mando, es muy pintoresco. A mí tuvieron que prestarme uno porque nadie me avisó hasta dos días antes que tenía que ir vestida así. Gracias a Dios la amiga que me lo prestó era exactamente de mi tamaño; ella no pudo ir porque no se sentía bien. El baile resultó estupendo yo no dejé de bailar ni una pieza y me enseñaron todos los bailes típicos de aquí. A Jack Brown, un muchacho americano que acaba de llegar, le pasó una cosa algo desagradable. Cuando yo estaba bailando con otro muchacho, Jack se acercó y lo tocó como para indicarle que quería bailar conmigo y entonces se hizo una gran confusión porque el otro no entendía qué era lo que Jack quería, o por lo menos no quería entender pues esa costumbre no existe aquí, y aquello fue algo horrible, yo viendo mientras ellos dos discutían y casi terminan dándose de pescozadas. Por dicha llegó un amigo de Jack y disimuladamente se lo llevó. Yo espero que ya le hayan explicado que aquí no se acostumbra eso para que no meta la pata otra vez.
Se me está haciendo demasiado larga esta carta, pero no quiero terminarla sin antes contarte una cosa más. Acabamos de tener lo que aquí llaman la Semana Universitaria; no sé explicarte exactamente el motivo, pero es una semana de fiestas y eventos deportivos y elecciones de Reina y de Rey Feo. Naturalmente, como en todas partes, a la reina la eligen entre las muchachas más lindas y simpáticas, pero el que elígen de Rey Feo tiene que ser, como la palabra lo dice, el estudiante más feo pero al mismo tiempo el más divertido y popular. Yo estuve de candidata a reina, representando a mi escuela. No gané, pero me siento feliz de sólo haber sido candidata. El comité Pro-Patricia Primera me llevaba a todas partes. Lo divertido era que íbamos no sólo a las diferentes escuelas de la universidad, sino que también a las escuelas secundarias, oficinas públicas y privadas. En todas partes nos recibían 'oficialmente' y, una vez hecha la presentación, mis compañeros se ponían a venderle votos a todo el mundo. Un señor, que no recuerdo quién era, compró dos mil, ¿qué te parece? Es decir, puso quinientos pesos, porque cada voto costaba veinticinco céntimos. Como puedes ver, para poder ganar no sólo hay que ser bonita sino que es necesario hacer una verdadera campaña política con discursos por radio, anuncios en los periódicos, etc. Claro está que, aunque la venta de votos no parece ser un proceso democrático, eso se acostumbra aquí en esta clase de elecciones para poder pagar todos los gastos de las fiestas que se hacen durante esta semana.
El jueves de esa semana se contaron los votos y salió elegida una muchacha lindísima de la Escuela de Filosofía y Letras. El resto de la semana la Reina y su Corte de Honor, de la que yo formaba parte, asistió a toda clase de fiestas y eventos deportivos; aquello fue un verdadero carnaval que culminó con la coronación de la Reina y el Rey Feo en el Teatro Real. Ya ahora todo ha vuelto a lo normal y yo estoy estudiando muy seriamente. Me siento muy contenta aquí en Surlandia, aunque puedo decir que todavía echo de menos las cosas de allá. Oye, Betty, se me acaba de ocurrir una idea; ¿no te gustaría venir a pasar las vacaciones de Navidad con nosotros? El viaje por avión no cuesta mucho y aquí no tienes que gastar un céntimo. Dile a tus padres que te den permiso y (hmm)... a Jim también.
Contéstame pronto y avísame qué has decidido. Recibe muchos cariños de tu amiga,
Patricia
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