Muertos por el cansancio físico, Julio y Alfredo Fuentes, que muy poco habían dormido la noche anterior, habían pasado todo el día en el local de su partido político, pegados al teléfono, dando y recibiendo instrucciones sobre los miles de detalles que siempre preceden a una justa electoral. En camisa, con las mangas arremangadas, despeinados, el cuello abierto y la corbata corrida, comiendo un sándwich y tornando sorbos apresurados de una lata de cerveza, los encontró de nuevo la oscuridad de otra noche. Turnándose, uno dormía unas horas en un sofá mientras el otro seguía en la brega.
A las ocho de la mañana se abrieron en todo el país los comicios electorales y, desde temprano, los votantes acudieron en gran número a las mesas receptoras instaladas en los edificios públicos de pueblos y ciudades. La propaganda política había cesado y sólo quedaba esperar el veredicto popular.
No muy lejos del Liceo Regional de Hombres, local que servía de centro receptor de votos al Primer Distrito Electoral de Las Palmas, existía una gran casona colonial, propiedad de unos parientes políticos de Don Rafael Ángel Valenzuela. En el amplio parque que se encontraba detrás de la casa podía verse una creciente cantidad de campesinos, quienes, después de desembarcar de los camiones que los habían transportado desde fincas cercanas, se daban a la grata tarea de beber cerveza y comer las chuletas, tamales y empanadas que con cariño electoral les tenían preparados sus patrones. Después, con el estómago lleno y el corazón contento, eran guiados en pequeños grupos hasta los locales en que debían sufragar y depositar los votos en el lugar apropiado.
Cerca de la hora de almuerzo, Julio Fuentes, que había estado en la casa de su Partido hasta ese momento, llegó por fin al Liceo Regional de Hombres para sufragar. Entró por las anchas puertas del establecimiento que se hallaban custodiadas por un destacamento de soldados armados. Se abrió paso por entre la muchedumbre que entraba y salía del edificio y, cruzando pasadizos y patios interiores, arribó finalmente a las inmediaciones de la Mesa Receptora en la que le correspondía votar. Una larga cola de las más variadas especies humanas se movía lentamente a cumplir con sus deberes cívicos. Julio se agregó a la hilera de gente y esperó resignadamente a que le llegara su turno. La columna avanzaba con lentitud desesperante en medio del aire recargado del recinto. A Julio le pareció que de pronto todo se detenía en el espacio. Atacado súbitamente de una claustrofobia que estaba a punto de dar al traste con sus deberes ciudadanos, sintió la imperiosa necesidad de marcharse de aquel lugar, de salir a respirar el delicioso aire puro de las calles, de irse a algún lugar solitario y perderse del mundo. Un instante más y la lucha interna haría crisis.
--¡¡SINVERGOENZA!!... ¡POLICÍAAAA!... —gritaron alguien intempestivamente.
- —¡¡ATÁJENLO, QUE SE ESCAPA!! ... ¡¡POLICÍAAAA!!... ¡ATÁJENLOOO!... —exclamaron otras voces.
Como por encanto se disipó la opresión que aplastaba a Julio, reaccionando de inmediato ante tan novel situación. Más adelante en la cola, cerca de la estrecha puerta más allá de la cual se encontraba la Mesa Receptora, se había producido un tumulto que Julio automáticamente asoció con algún acto de cohecho, con algún ciudadano que reaccionaba violentamente ante la oferta de un comprador de votos. De pronto, del montón de gente que forcejeaba por impedir el paso al infeliz, que por lo visto se defendía a punta de golpes, emergió éste corriendo disparado en busca de su salvación y perseguido de cerca por algunos cuyas feroces expresiones indicaban a las claras que, de cogerlo, harían papilla del pobre diablo.
Zigzagueando por entre los atónitos espectadores no bien el hombre había ganado terreno en dirección a la calle cuando se vio obligado a cambiar de rumbo ante la aparición de unos policías armados. Sin saber cómo, Julio vio que el perseguido pasaría dentro de un instante por su lado; automáticamente se agachó un tanto y estiró una pierna al paso del azorado individuo, el que, tropezando con ella dio dos vueltas en el aire, cayendo al suelo con un sonido igual al que produce una bolsa de harina al estrellarse contra un pavimento. No bien había terminado el infeliz su trayectoria cuando ya tenía encima a unos policías que lo levantaron en vilo. Uno de los guardas, que por las jinetas de su uniforme parecía ser el que comandaba el pelotón, le registró rápidamente los bolsillos y extrajo triunfalmente una elegante cartera.
- —¿Es esta su billetera? —le preguntó a un señor que seguramente era el que había dado la voz de alarma.
- —sí, ésa es —contestó éste con voz aún ahogada por el ultraje y por la maratón que se había visto obligado a correr tras el ladrón.
--No, no, señor-- exclamó el policía en contestación a la demanda de su dueño por que se le devolviera la cartera --Tiene que venir con nosotros Ud. también.
--¿Yo? —¿Por qué tengo que ir yo? —dijo el señor, muy molesto.
--Ud. —Dice que esta cartera es suya y que éste individuo trató de robársela, ¿verdad? —respondió el policía con paciencia.
--¿Mía? ¡Claro que es mía! —exclamó con desprecio el caballero.
- —Entonces —prosiguió el representante de la ley— Ud. tiene que venir con nosotros para reconocerla.
- —Pero, ¿no le estoy diciendo que es mía? —gritó exasperado el señor—. ¿Qué más reconocimiento quiere?
- —Esto tiene que hacerse legalmente en la estación de policía y Ud. —Debe acompañarnos —replicó el otro en tono de mayor autoridad. - —y tiene que llevar testigos —terminó.
Al oír esta alusión a testigos, el grupo que rodeaba a los actores de éste drama cotidiano desapareció como por encanto. Viendo que tenía la partida poco menos que perdida, el señor pensó que era mejor ir a la estación de policía y que a falta de testigos, que sabía que no los podría encontrar, usaría ciertas influencias personales.
- —Muy bien —dijo el caballero con cierto despecho—, iré, pero primero tengo que votar. Después pasaré por el cuartel. Mientras tanto, pueden llevarse a esta tal por cual.
- —Perdone, señor —interpuso el policía, deteniendo al ultrajado caballero que, con ademán señorial y la cara roja por su orgullo pisoteado, se dirigía ya a tomar su puesto en la cola de gente—, pero es que Ud. tiene que venir ahora mismo.
- —¡¿AHORA MISMO?! —estalló el caballero sin poder ya contenerse —¡SEPA UD. ¡SO ESTÚPIDO, QUE YO NO SOY UN CUALQUIERA Y QUE COMO CIUDADANO CONSCIENTE MI PRIMER DEBER ES EL VOTAR Y ADEAAs ... !! ...
- —¡¡QUEDA UD. ¡DETENIDO POR ALTERAR EL ORDEN PÚBLICO! —gritó el policía, tratando de tomar al caballero de viva fuerza.
- —¡RETIRE UD. SUS MANOS DE MI PERSONA SEPA UD. QUE YO SOY EL LICENCIADO RODRIGO JINERA DEL VALLE Y VALENZUELA, ¿ME OYE?
Al oír tal lista de ilustres apellidos, el policía de inmediato, aunque a regañadientes, comenzó a ajustarse al nuevo nivel social establecido.
- —Lo lamento, señor —dijo—, pero yo estoy tratando de cumplir con el reglamento.
--Váyase al diablo con sus reglamentos-- contestó el caballero, sabiéndose dueño ya de la situación --y entrégueme mi cartera-- concluyó.
Julio, a todo esto, se había mantenido al margen del altercado, aunque pronto a intervenir a la primera oportunidad. Al ver que el policía vacilaba frente a la demanda del caballero, de cuya familia Julio Fuentes conocía una de las rarnas--la de los Valenzuela--interpuso:
- —Mire —le dijo al policía, pasándole sus credenciales del Ministerio de Relaciones Exteriores—. Yo respondo por éste caballero. Y dirigiéndose a éste último, se presentó.
--Aunque no tengo el gusto de conocerlo-- le dijo estrechándole la mano --le ruego que me perdone por mi intervención . En mi familia somos muy amigos de Dop Rafael Angel--Rafael Angel Valenzuela--de modo que me tiene a sus órdenes.
--Vaya . no faltaba más-- respondió Don Rodrigo con una amable sonrisa
- —Muchísimas gracias. Lo que pasa es que esta gentuza no tiene ni siquiera dos dedos de frente para saber reconocer quién es quién.
- —¿Me va a pasar mi cartera o no? —dijo en seguida mirando al infeliz policía de arriba a abajo.
- —Bueno —respondió éste con un tono que indicaba estar más enojado consigo mismo por lo que él consideraba ser una metida de pata de primera magnitud—. Si éste otro señor se hace responsable y me firma aquí —continuó, sacando una libreta y pasándosela a Julio—, no hay inconveniente.
Julio estampó su rúbrica en el lugar indicado y el policía se volvió, con un gesto militar, hacia los otros guardias que sujetaban al ladrón. Después de dar una orden que más parecía un ladrido, se marchó el grupo en medio de los empellones que nuestro policía le daba, en desquite, al infeliz arrestado.
Julio y su nuevo amigo tomaron de nuevo su lugar y entraron en animada conversación en torno al incidente. Pronto, se encontraban ambos frente a la Mesa Receptora. Había cinco personas sentadas en torno a la mesa, en medio de la cual había una urna de madera cuya cerradura se veía sellada con una gruesa mancha de lacre. Julio, automáticamente, presentó al Presidente de la Mesa su carnet de identidad. A su vez el Presidente pasó el documento a las otras personas - un Vocal y representantes oficiales de los partidos - quienes lo examinaron cuidadosamente. En seguida, el Presidente abrió un grueso libro y buscó entre sus páginas el nombre de Julio. Encontrándolo, todos comprobaron nuevamente que el registro inscrito en el libro correspondía a la información contenida en el carnet y se aseguraron de que las firmas en ambos eran idénticas. Satisfechos de lo anterior, el Presidente le pasó una pluma a Julio y éste estampó su firma en el libro de registros en un casillero vacío. Completada esta formalidad, el Presidente entregó a Julio un sobre oficial, después de lo cual Julio Fuentes pasó a una cámara secreta.
Durante todo éste proceso de complicadas formalidades, nadie dijo una sola palabra.
Una vez dentro de la cámara, Julio miró a su alrededor para asegurarse de que en las mesas allí colocadas había un número suficiente de cédulas de su partido, gesto automático de todo buen militante como precaución en contra del hábito común de los enemigos políticos de meterse en el bolsillo las cédulas de los partidos contrarios para así obligar a los votantes desinteresados a coger y meter en el sobre oficial una cédula que favoreciera al partido del que había efectuado el truco. Viendo Julio que todo estaba en orden, tomó una cédula, la examinó cuidadosamente para asegurarse de que no tenía adulteraciones que la invalidaran, hizo una cruz frente a uno de los nombres que en ella aparecían, dobló en seguida la cédula, la metió en el sobre, pasó rápidamente por su lengua la orilla engomada y, haciendo presión con el puño, pegó el sobre. Salió Julio de la cámara y se dirigió a la Mesa Receptora. El Presidente y todos los demás funcionarios miraron el sobre por todos lados; luego firmaron ellos sus nombres en él y se lo entregaron a Julio. Éste lo tomó y formalmente lo depositó en la urna.
Julio Fuentes, 27 años de edad, ciudadano de la República de Surlandia, natural de Las Palmas, había cumplido con su deber.
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