Si la imprenta, como medio expresivo, permitió el enorme desarrollo intelectual que caracterizó el Renacimiento, el cine permite al hombre absorber una vasta cantidad de nociones y sensaciones con asombrosa celeridad, dejando una huella en su memoria y afectando su jerarquía de valores cuando éste es de voluntad débil y mediana cultura. De aquí que alguien haya dicho que para poder leer es necesario un previo aprendizaje; pero para ver, no hay que aprender nada. Dicho en otras palabras, el mecanismo de actividad de la visión y la imagen, unida al sonido y en muchas ocasiones al color, subyuga la atención; es instintivo y automático, y por tanto extremadamente fácil recibir y retener el mensaje elevado y sublime, en algunas ocasiones, pero las más de las veces bajo, mediocre e inmoral.
Es en consecuencia, uno de los vehículos más potentes de difusión de las ideas en los tiempos actuales, un medio de cultura y de propaganda que no puede quedar al mismo nivel que los otros; porque éste, de manera sutil deja el mensaje sin que en los pliegues de la conciencia pueda descubrirse cómo talo cual argumento, de aquella o esta película, sirven para enjuiciar y dirigir la conducta en problemas de nuestra intransferible personalidad, o de aquéllos que proyectamos en el medio social y encontrarán eco en multitud de personas.
Tiene, pues, el cinematógrafo un gran valor como factor de propaganda intelectual. En la actualidad, y dada su gran popularidad, es el medio más importante de formación estética de las masas, y además es un instrumento de potencialidad ilimitada para el bien o para el mal. Pero al lado de estos aspectos tiene muy graves y serios inconvenientes, dado que constituye un medio de contagio colectivo de factores morbosos que se introducen insidiosamente en el hombre, debilitando o destruyendo sus defensas morales sin que, como lo hemos dicho antes, el sujeto lo advierta.
Los mecanismos de censura e inhibición pierden su poder de represión y crean, en cambio, un estado de agitación propicio a las actividades inmorales, y, en consecuencia, de carácter antisocial. Y adviértase que este resultado no se deriva solamente de las películas de carácter erótico y matiz pornográfico, sino de las aparentemente inofensivas cuyos argumentos se tornan de las novelas policíacas o de hazañas bélicas.
La sugestión criminal encuentra en los niños y en los jóvenes una menor resistencia que en los adultos. La misma juventud e inexperiencia no los libra fácilmente del juego de sus emociones; las sensaciones que en ella despierta una proyección cinematográfica, perdura en su memoria y la invita a la imitación y aun a la superación.
Visto el cinematógrafo desde esta referencia, tiene un grave poder sobre la mente y conciencia de los menores. Esto no se piense que es una exageración, pues así lo indican estudios e investigaciones practicados acerca de la delincuencia juvenil.
Traducidos a datos estadísticos diremos que un 80 por ciento de los menores infractores frecuentan las salas de cine. A mayor abundamiento, en los últimos tiempos los productores de películas han tornado como terna de varias cintas la vida y hechos de los llamados 'rebeldes sin causa' o de la juventud que se divierte, con la letra, bárbara y lépera, de las canciones de 'rock and roll', provocando una oleada de jóvenes sin ideales y, lo que es peor, menores delincuentes.
Los principales aspectos, que debieran reglamentarse, pueden resumirse así: una censura cinematográfica estricta, que señale las películas aptas para menores y que tenga, desde luego, la autoridad necesaria para hacer efectivas sus prohibiciones; de esta manera, cuando menos, se frenaría en parte la afluencia de niños y jóvenes a las salas en donde se exhiben películas inconvenientes o perjudiciales.
Claro está que la censura de películas debe operar coincidentemente con una reglamentación adecuada que permita producir películas especiales para los niños y los jóvenes.
Las medidas prohibitivas deben ir asociadas a la creación de representaciones útiles, provechosas y atractivas, ya que de otra manera lo único que se logra es limitar los medios de la diversión de la juventud, sin compensarlos con otros adecuados. En esta reglamentación urgente de censura cinematográfica deben pesar dos criterios fundamentales: el valor educativo del cine como instrumento de cultura --de allí la intervención, que creernos necesaria, de la Secretaría de Educación Pública--, y la protección de la integridad moral del menor.
Excelsior, Nov. 18,1961
México, D. F.
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