Monday, October 18, 2010

En el Mercado

--¡Venga para acá, señora! ¿Qué le damos hoy? ¡Mire estas verduras tan frescas! Me las acaban de traer, ¡mire qué tomates, qué lechugas ••• ! ¿Qué busca Ud.? Digame qué busca que aquí tenemos de todo, fresco y barato. Un momento, señora, no se vaya, vea estos huevos que acaban de llegar, y a tres pesos la docena solamente; un regalo, ¿no cree Ud.? Pero señora, ¿cómo cree que los puedo dar a uno cincuenta cuando a mi me costaron dos y medio? No gano casi nada; pero venga, no se vaya, se los dejo un poco más baratos. ¿Cuánto me da? Le apuesto que no va a encontrar nada mejor en todo el mercado. Tómelos, se los doy a dos cincuenta•••dos cuarenta, entonces •••¡señora!•••¡venga, no se vaya.

Esto mismo le decían a Marta o a Virginia en cada puesto por donde pasaban, y todo el mundo parecía hablar al mismo tiempo. El ruido era enorme, aquello parecía una casa de locos. Pero Marta, que estaba acostumbrada a estas cosas, seguía andando muy tranquila sin poner atención a las ofertas que le hacían; y Virginia, que sólo iba ese día para aprender, tomaba la misma actitud de su amiga. De vez en cuando Marta preguntaba el precio de alguna cosa, y cuando se lo decían, contestaba con un pequeño comentario, tal como 'carísimo', 'no me gusta', etc., o simplemente hacía un gesto que significaba lo mismo. Otras veces no decía nada y seguía muy tranquila, dejando a la persona que vendía, llamándola y diciéndole la misma cosa de siempre: 'Un momento, señora, no se vaya, hágame una oferta, se lo dejo más barato, etcétera, etcétera. '

Por fin llegaron a un puesto, que se llamaba 'El Regalo.' El propietario era un italiano que hacía muchos años que vivía en Surlandia y que siempre estaba hablando de volver a Italia para pasar allá los últimos años de su vida. Su nombre era Vittorio Martini, y aunque había vivido muchos años en Surlandia nunca había podido, o no se había preocupado, de aprender a hablar bien en español; hablaba con un acento tan grande que a veces no se sabia si era en italiano o en español que estaba hablando. Don Vittorio sabía que a la signora Fonti, como le decía él a la Sra. Fuentes, aunque era buena cliente, le gustaba mucho discutir por los precios y fácilmente podía confundir y convencer a cualquiera de sus empleados. Por eso él mismo en persona prefería atenderla cada vez que ella venía a comprar.

--Don Vittorio-- dijo Pedro, un empleado, llamando a su jefe --allá viene la Sra. Fuentes. ¿La atiendo yo? Va a ver que a mi no me confunde.

--Estás loco, bambino, la signora Fonti es molto intelligente.-- responde don Vittorio con una ensalada de italiano y español. --Esta signora es buona cliente, pero hay que tener mucho cuidado con la cuestión de los precios. Ah, pero yo, Vittorio Martini, también soy molto intelligente. Déjame, yo mismo la voy a atender.

--Aquél es el puesto, Virginia, aquél que dice 'El Regalo'-- le dijo la Sra. Fuentes a su amiga americana, indicándole el puesto del italiano. --El propietario es una persona muy amable, y aunque discute mucho por los precios y cuesta un poco convencerlo, siempre termina vendiéndome todo más barato que en cualquiera otra parte. Déjeme ver lo que tengo en la lista; arroz, carne, huevos, mantequilla y algunas verduras. Voy a comprar las cosas mías primero y luego compro las suyas. Aquí estamos. Ahora observe con mucho cuidado para que aprenda.

--Buenos días, don Vittorio-- le dijo --¿Cómo le va y qué tal la señora y los bambinos?

--¡Signora Fonti!, ¿Qué sorpresa tan agradable!, --¡molto piacere de verla por aquí-- contestó el italiano pretendiendo no haberla visto cuando venía. --Los bambinos y la signora están molto bene, grazie, grazie. ¿Y qué le vendemos hoy, signora?

-Tengo mucho que comprarle, pero eso depende del precio. Primero, necesito diez kilos de arroz.

--Molto bene, signora, mire Ud. que arroz tan bonito tenemos, no hay otro mejor en todo el mercado. Y le voy a dar un precio especial, a cincuenta céntimos el kilo, pero sólo a Ud. por ser tan buena cliente nuestra.

-¡Cincuenta céntimos! Ni loca. ¿Eso llama Ud. precio especial? Además, este arroz no parece de muy buena calidad.

--Signora, Ud. ofende a Vittorio Martini al decir tal cosa. ¿Cómo puede decir que no es de buona qualitá cuando es importado directamente de Italia donde se cultiva el mejor arroz de tutto il mondo? Italia produce tutto•••.

--Sí, sí, sí, ya lo sé, no me diga. Italia produce tutto lo mejor de tutto il mondo-- le interrumpió Marta imitando su acento y en en tono que indicaba haber oído a don Vittorio decir muchas veces la misma cosa. --Está bien, no vamos a discutir la calidad, pero tiene que darme un precio mejor. Si me lo da a treinta el kilo, bueno; si no, no.

--¡Mamma mía!, ¡impossibile! A treinta céntimos mejor cierro el negocio y me voy para Italia. A cuarenta y cinco es lo menos, pero 'shhh', no se lo diga a nadie.-- y sin esperar más, empezó a llenar una bolsa.

--Un momento, don Vittorio, yo dije treinta, ni un céntimo más.

--¡Pero signora, per favore!, ¡son diez bambinos los que tengo! Mire esta foto si no me cree-- exclamó don Vittorio con desesperación, al mismo tiempo que le enseñaba una foto de él con su señora y diez hijos. --Algo tengo que ganar.

-Bueno, está bien, se lo voy a pagar a treinta y cinco el kilo, pero eso sí es lo último.

---Cuarenta, por ser Ud.
--No, a treinta y cinco.
--No puedo, signora, lo siento mucho.
--Voy a comprarlo a otra parte, entonces. Vamos, Virginia.
--Bueno, bueno, no se vaya, no vamos a discutir más, Ud. gana otra vez, y yo pierdo.
--Muchas gracias, don Vittorio, Ud. es muy amable. Ahora vamos a ver, necesito unas buenas chuletas de cerdo pero••••

Empezó la misma discusión con la cuestión de la carne, y luego lo mismo con los huevos, y la mantequilla, y todas las otras cosas que Marta tenia que comprar: 'que le doy tanto, que imposible, que me voy, que sí, que no, que mis bambinos, que Mamma mía, que Italia•••etc.' La Sra. Robinson observaba con curiosidad y esperaba pacientemente, poniendo mucha atención para aprender a hacer lo mismo que su amiga en ocasiones futuras.

Por fin, una hora después terminó Marta de comprar todo y muy contenta le dijo adiós a don Vittorio. Este apenas pudo contestarle el adiós; se sentía cansado y con 'molto' dolor de cabeza de tanta discusión por los precios. Estaba además furioso porque sabía que la 'signora Fonti' había salido ganando una vez más.

--¿Cómo le fue, don Vittorio?-le preguntó Pedro, el empleado-¿Hicimos buen negocio esta vez?

--¿¡Buen negocio!?, con diez clientes más como esta mujer, Vittorio Martini acaba sus días en un asilo de locos. ¡Mamma mía!, ¡qué dolor de cabeza! Dame una aspirina, bambino, per favore.

Esta experiencia en el mercado fue una de las muchas cosas nuevas, o por lo menos diferentes, que los Robinson encontraron en Surlandia. A veces les parecía que algunas de esas cosas eran bastante difícil de comprender, pero ellos las aceptaban porque querían adaptarse al sistema de vida en Surlandia. Para representar mejor los intereses de su país, Estados Unidos, era necesario ser aceptado como amigo sincero de la gente de Surlandia, y para esto, era necesario aprender a vivir y a actuar como los surlandeses. Y así fue; poco a poco todos los Robinson, padres e hijas, fueron acostumbrándose y adaptándose todo lo que era nuevo o diferente y, en menos de tres meses después de haber llegado, Fred, Virginia y sus hijas Jane y Ruth eran los más populares de toda la colonia norte americana en Las Palmas.


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