Jack Brown, aquel joven empleado de la Embajada de los Estados Unidos que tantas dificultades tuviera a su llegada a Surlandia, especialmente con el tránsito de la capital, caminaba por la estrecha calle principal tratando de abrirse paso por entre aquella bulliciosa humanidad. Al pasar, oía los más variados trozos de conversación:
--Como le iba diciendo-- explicaba un señor a otro, detenidos los dos frente a un puesto de periódicos -- ella ya habló con el Ministro, y apenas tenga yo noticias, lo llamo a Ud. por teléfono ...
--y entonces-- narraba dramáticamente un caballero, manteniendo en suspenso a un grupo de amigos --en ese mismo instante se me reventó una llanta y •••
--¡Pero mujer~-- le decía una elegante matrona a otra que llevaba algo en la cabeza que parecía pasar por sombrero --yo compré lo mismo mucho más barato••. ¡Deberías haber pedido rebaja~ ...
--¡No, qué va~-- replicaba un tipo a otro con tono de superioridad --A mí, ese imbécil no me viene con cosas ..
y etcétera, etcétera, etcétera.
Jack, que iba hacia el Hotel Continental para almorzar, al pasar frente a un conocido café, oy6 una voz que lo llamaba. Volvi6 la cabeza y antes de poder ver quién era, se sinti6 súbita y violentamente elevado en el aire por un feroz golPe en un hombro. En el fugaz instante en que, después de haber perdido el equilibrio, patinaba infructuosamente con los pies y agitaba los brazos en tan extrañas como ridículas contorsiones, vio pasar corriendo a toda máquina a un vendedor de peri6dicos y en el preciso momento en que Jack daba con su humanidad en el suelo, su confuso cerebro registr6 un grito familiar que iba alejándose rápidamente •.• ¡¡¡La Prensaaaaaaa!!!.
El impacto, que a la postre le produjo más indignaci6n que daño físico, le dej6 zumbando los oídos. Antes que pudiera reflexionar sobre el inesperado suceso, se sinti6 tomado de los brazos por solícitas personas que forcejeaban por restaurarlo a una decorosa posici6n vertical.
--Señor, por Dios-- le dijo alguien con voz ansiosa --¿Se ha hecho daño?
--¡Qué barbaridad!-- exclam6 una persona que lo estaba sujetando en ese momento. --¡Ojalá que no se haya roto alguna costilla!
Aún algo aturdido, Jack empez6 a mascullar, con una sonrisa estúpida en los labios, frases incoherentes:
--No, no fue nada •.•. Muchas gracias .•• , ja, ja.•.•
Y casi en ese mismo instante, cuando empezaba a aclarársele la mollera, reconoci6, entre las numerosas personas que se habían agrupado como por encanto a su alrededor, a Ricardo Fuentes, quien, sosteniéndolo por el brazo, trataba de guiarlo hacia el interior del café frente al cual había sucedido el inesperado incidente.
Jack se dej6 llevar y pronto se encontr6 sentado en una mesa junto a Fuentes y a otras dos personas a quienes él no conocía.
--¡Hombre! ¡Caramba! Fue culpa mía-- le dijo Fuentes. --Por llamarlo yo cuando Ud. pasaba, se tropezó con ese vendedor de periódicos que iba corriendo ••..
Al empezar a sentir los efectos de la conmoción - un dolorcillo por aquí, una magulladura por acá - Jack empezó a reaccionar:
--¡No hay derecho!-- exclamó por fin, indignado. --¡Ni por la calle se puede caminar tranquilo! ¡Un hombre corriendo por la calle como loco••• ! ••• ¿Que no les importa que alguien se mate ..• ? ¡Es una falta de respeto por los demás ••. Es •.. ! ¡En fin, para qué digo más! --terminó con voz ahogada. En ese instante reparó nuevamente en las otras dos personas que acompañaban a Fuentes.
--Perdonen, Uds.-- explicó Jack. --Es que en realidad esto me ha dejado con los nervios un poco de punta.
--Mire, Sr. Brown-- se apresuró a interrumpir Fuentes, tratando de cambiar el giro de la conversación para disipar la tensión del momento -- quería presentarle a estos dos amigos míos.
--El Dr. Rodríguez-- presentó Fuentes con un ademán.
--Mucho gusto de conocerlo-- dijo Jack ofreciendo la mano y levantándose de su asiento.
--El Lic. Araya-- prosiguió Fuentes.
--Cómo está, mucho gusto-- dijo Jack.
--Igualmente-- contestó el Licenciado con voz mecánica y estrechó también la mano de Jack mientras miraba hacia la calle. A Araya, hombre de baja estatura, calvo y muy presumido, le había irritado sobremanera la reacción de Jack.
Restaurada la normalidad de la situación, Fuentes pidió cuatro cafés a un mozo que, despeinado y transpirando profusamente, trataba de dar abasto a un sinnúmero de clientes que le pedían esto y lo otro, tironeándolo del brazo y de la chaqueta de un blanco dudoso, al pasar el pobre por los estrechos espacios que quedaban entre las pequeñas mesas.
Fuentes, el Dr. Rodríguez y el Lic. Araya siguieron conversando mientras esperaban el café. Jack, entre tanto, trataba de prestar atención y de participar en la charla, aunque sin conseguir grandes resultados; estaba demasiado consciente de sí mismo y de la gente a su alrededor y se recriminaba interiormente por la escena que había causado con su explosión verbal. Al mismo tiempo, empezaba a sentir una aversión especial por el relamido Licenciado que deliberadamente ignoraba su presencia. Jack se encontraba en esa posición incómoda en que, por un lado, su ser físico lo empujaba a levantarse e irse y, por otro, su amor propio lo mantenía pegado a su asiento con la fuerza de gravedad de una máquina centrífuga.
De pronto, sorteando mesas y parroquianos, apareció el mesero con una gran bandeja en lo alto de su erguido brazo. Se acercó y depositó cuatro tacitas de humeante café en la mesa de Jack y sus acompañantes, no sin antes haber derramado unas cuantas gotas del espeso brebaje sobre las solapas del licenciado Araya.
--Tenga más cuidado para otra vez-- reprendió irritadamente el Licenciado. Y tornó una servilleta para limpiarse las maltratadas solapas.
--Perdón, señor-- respondió el muchacho entre dientes, desapareciendo en seguida sin prestar mayor atención al asunto. Mientras iba dejando otras tazas de café en otras mesas, el azorado mesero recriminaba mentalmente a quienes no comprendían lo ingrato y difícil de un trabajo como el suyo: levantarse a las seis de la mañana, caminar varias cuadras para poder tornar el único autobús que pasaba a esa hora por el miserable barrio en que vivía, y comenzar a atender a cien personas a la vez y a cuanto idiota se creía con derecho a tratarlo con desprecio y a exigirle más de lo que podía.
Jack, transportando esta ridícula situación al incidente en el que él mismo había sido recientemente protagonista, y viendo en ella una reivindicación psicológica por la ojeriza que el Licenciado tan a las claras le demostraba, sintió unos deseos horrorosos de soltar la carcajada. Frunciendo los labios en una risa apenas contenida, miró a Fuentes y al Dr. Rodríguez. Al ver a Jack, éstos comprendieron en el acto el cuadro total de la situación y ambos empezaron a reírse de buena gana. Jack ya no pudo resistir y se unió de inmediato al hilarante coro.
--¡No te ... ja, ja, jaaaa••. joooo.•• sulfures tanto ... ~-- le dijo a Araya con voz entrecortada el Dr. Rodríguez.
--¡Peor hubiera sido que te hubiera escaldado la calva••. !-- aguijoneó entre risas Fuentes, tocando este lado sensible de la personalidad del pobre Licenciado.
A todo esto, el Licenciado soportaba el diluvio con estoicismo y, no dándose por aludido, seguía frotándose las solapas con la servilleta mediante cortos y enérgicos movimientos de la muñeca.
Una señora de edad, pobremente vestida, que hacía unos momentos había entrado en el establecimiento con unas tiras de billetes de lotería colgando de un sujetapapeles, se sintió atraída por el coro de risotadas y, presintiendo que allí existía una buena posibilidad de vender un entero por lo menos, se dirigió lentamente hacia el grupo de amigos. Al pasar junto a ellos, dej6 caer disimuladamente un billete. Jack, sin darse cuenta de este gesto intencionado, se inclinó, recogió el pedazo de papel y cortésmente le dijo a su dueña:
--¿Señora? •. ¡Señora~-- llam6 tras ella. --Se le cay6 esto.
La mujer volvi6 la cabeza y, aparentando sorpresa y luego agradecimiento, le respondió:
--Ay, señor, muchísimas gracias.
Sin tomar el billete que le extendía Jack con la mano, continuó:
--No sabe la suerte que Ud. tiene, señor. Este billete va a ser premiado-- Y agregó con voz seductora --¿Por qué no me lo compra, señor?
Jack, tomado por sorpresa, iba a agradecerle y a decirle que en realidad no tenía interés en comprar billetes de lotería, cuando Araya se adelant6 a responderle. Con dureza, encontrando a alguien con quien desquitarse de las bromas de sus amigos, le dijo a la mujer:
--Mire, tome su billete y váyase.
--Pero caballero-- replic6 la mujer, acostumbrada a estas cosas. --¿Cómo va a dejar que el señor pierda esta oportunidad?
--¿Por qué no le compramos un entero a Araya entre los dos?-- dijo el Dr. Rodríguez a Fuentes con socarrona malicia.
--De acuerdo-- dijo Fuentes, siguiendo la broma y haciendo como que sacaba dinero de su cartera --Pero con la condición de que si se saca el gordo, nos reparta el cincuenta por ciento.
Jack, intrigado por la técnica de la mujer, se compadeci6 de ella y le dijo:
--A ver, señora, démelo. A lo mejor me resulta premiado con un millón de pesos-- Y le dio los treinta pesos que ella le cobr6.
Era ése un truco muy común, no sólo entre vendedores de billetes de lotería, sino que entre cuanto pobre diablo trataba de vender cualquier cosa en las calles, cafés, restaurantes y vehículos de transporte de la ciudad. Con la psicología propia de su oficio sabían Perfectamente cómo Y cuándo podían ''hacer caer" a algún cliente.
La mujer tomó su dinero y emPez6 a circular entre otros grupos, observando cuidadosamente a los parroquianos antes de dirigirles la palabra;
--¿Lotería, señor? Regálele un número a la señorita.
--¿Me compra un número? Este va a ser el premiado.
El tema de la lotería, hecho a la medida para entrar en animada conversación, condujo a variados comentarios por parte de nuestros amigos.
--Yo no sé-- dijo Fuentes con cierto tono, mezcla de envidia y de admiraci6n. --Algunas personas tienen una suerte fantástica. Hace un mes, uno de los empleados donde yo trabajo soñó con un número; lo compró, y se sacó el gordo.
--Lo que es yo-- comentó el Dr. Rodríguez --nunca me he sacado nada, ni en la lotería ni en ninguna otra cosa. Me aburrí de comprar números. Claro que a veces voy al casino y juego unos pesos a la ruleta, pero más que todo es por entretenerme.
--A mí me pasa lo mismo-- prosigui6 Fuentes. --Para qué decirles que en casa tengo que comprarles todos los números a mis chicos y sobrinos para cuanta rifa se les ocurre en el colegio....
En ese momento el licenciado Araya, pretextando que tenía una cita para almorzar con cierto dignatario de la Corte Suprema, se levant6, se despidi6 rápidamente y se fue. Jack, Fuentes y el Doctor siguieron conversando unos instantes y luego se dirigieron juntos -Jack cojeando un pOco- al Hotel Continental a comer algo.
Varios días después Jack se encontr6 con Fuentes en un coctel y luego de haber conversado un rato, Fuentes le dijo repentinamente:
--¡Hombre~ ¿Sabe lo que pas6?
--No, ¿qué?
--¿Se recuerda del licenciado Araya?
--¡Oué no me voy a recordar •.• ~
--¡Se sac6 el gordo de la lotería~
y así son las cosas a veces. El Licenciado, que aquella vez pretextara una cita con algún personaje de la Corte Suprema, se había ido calladamente a comprar un número entero a un puesto de billetes.
1 ¿Oué hacían las distintas personas que describe el autor después de mediodía en las calles céntricas de Las Palmas?
2 ¿Oué trataba de hacer Jack Brown en la estrecha calle principal?
3 ¿Qué le pasó a Jack cuando volvió la cabeza para ver quién lo llamaba?
4 ¿A quién reconoció Jack cuando se le empezaba a aclarar la mollera?, y ¿qué hacía esa persona?
5 ¿Cómo fue la reacción de Jack después del golpe?, y ¿qué dijo él al respecto?
6 ¿Qué hizo el Sr. Fuentes para cambiar el giro de la conversación, y disipar la tensión del momento?
7 ¿Cómo era el Sr. Araya?, y ¿por qué le había irritado la reacción de Jack?
8 ¿Por qué no podía Jack prestar atención y participar en la charla de sus amigos?
9 ¿Qué le pasó al mesero cuando sirvió las tazas de humeante café?
10 ¿Qué pensaba el azorado mesero mientras servía las tazas de café?
11 Describa a la señora que vendía los billetes de lotería y la técnica que ella usó con Jack.
12 ¿Qué le sugirió el Dr. Rodríguez a Fuentes con socarrona malicia, y qué condici6n puso Fuentes?
13 ¿Por qué se compadeció Jack de la señora? y, ¿qué le dijo?
14 ¿Cuáles fueron los comentarios que provocó el tema de la lotería?
15 ¿Qué le pasó al licenciado Araya?
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