--Señorita-- exclamó con impaciencia Luis Alberto --mi apellido no es Rojas, sino Valenzuela, Valenzuela Rojas. La reservación para este vuelo me la hicieron en Surlandia hace varios días ... ¿Ve ... ? Aquí lo dice bien claro en el pasaje.
Luis Alberto tenía que llegar ese mismo día a Las Palmas. sí, señor, ese mismísimo día. No sólo se inauguraban en la capital surlandesa los Juegos Olímpicos Panamericanos, sino que además el día siguiente era el día de su cumpleaños. En su casa lo esperaban esta noche con una gran fiesta. Era explicable, por lo tanto, la irritación y nerviosidad de nuestro joven amigo frente a este inesperado contratiempo.
La guapa chica--algo que Luis Alberto no había podido dejar de observar a pesar de su impaciencia-- volvió a repasar la lista. Pero nada. Ni como Valenzuela, ni como Rojas ni cosa parecida encontró la muchacha la reservación de Luis Alberto. La atribulada chica llevaba pocos días trabajando con esa compañía de aviación y su natural nerviosidad había aumentado ya que Luis Alberto constituía el tercer cliente cuyo nombre no aparecía en la lista de pasajeros para este vuelo. La pareja que recién se había visto obligada a rechazar había formado un pequeño escándalo frente al mostrador y se encontraba ahora en la oficina del gerente protestando por la falta de seriedad de la compañía.
Esta confusión era, desgraciadamente, algo inevitable. Con motivo de los Juegos Panamericanos la afluencia de turistas era tal, que las diversas compañías de aviación con conexiones a Surlandia no daban abasto. Además, muchos de los que iban a presenciar aquella gran competencia deportiva habían mandado comprar sus pasajes en Surlandia para evitar así el pago de fuertes impuestos en los Estados Unidos, operación que acrecentaba inevitablemente la posibilidad de errores en cuanto a las listas de pasajeros.
--Lo siento en el alma-- repitió la empleada --Sencillamente, su nombre no está en la lista y yo nada puedo hacer. El avión está completamente lleno. Hable con el gerente; a lo mejor él puede hacer algo por Ud.
--¿Cuándo es el próximo vuelo?-- preguntó Luis Alberto.
--Mañana por la mañana, pero ése también está completo, y todos los que le siguen también. No le puedo hacer una reservación hasta el martes-- replicó la muchacha, y agregó señalando hacia una puerta al fondo del hall. --Esa es la oficina del gerente. Vaya y hable con él.
Luis Alberto hizo un gesto que indicaba a las claras lo que pensaba de toda esta situación. Y sin decir nada abandonó el mostrador y se dirigió hacia la oficina que le había indicado la muchacha pensando en la inutilidad de hablar con nadie. Llegó hasta la puerta, vio un letrero que decía: Entre sin Llamar y, después de una corta vacilación llevó la mano hacia la perilla y, empujando la puerta, penetró en la oficina. Allí estaba el gerente escuchando a la pareja que reclamaba de similar trato.
La que más vociferaba era la mujer, una señorona de proporciones amazónicas y actitud arrogante. Su marido era un hombre diminuto que, por el contraste físico que hacía con su esposa, daba la impresión de no ser él sino ella quien llevaba la batuta en aquella desproporcionada orquesta familiar. Lo cierto del caso era que este remedo de hombre dejaba paciente y resignadamente que su mujer se las entendiera con el gerente.
--¡¡Uds. son unos irresponsables ... !!-- decía la furiosa madona con gestos amenazantes. --¡¡Nos han arruinado las vacaciones y ... !!
--Pero, señora ... -- alcanzó a decir el gerente, con voz conciliadora.
--¡¡No hay pe~o que valga!!-- interrumpió la dama abruptamente --¡¡Vamos a entablar una demanda hoy mismo, ¿lo oye? Hoy mismo, ¿verdad, Bonifacio?!! ...
--Sí, querida, hoy mismo-- dijo sobresaltado el hombre.
--¡¡Si nosotros no estamos en Surlandia mañana, mi abogado ... !!-- empezó de nuevo la señora, esgrimiendo el puño en la misma cara del gerente, el que, un tanto atemorizado, se echó un poco más atrás en su sillón de cuero.
En ese momento se oyó por el altoparlante una voz que anunciaba la partida del vuelo. Era inútil esperar más. En todo caso, la señora, al oír el anuncio, cobró nuevos bríos y volvió a emprenderlas con el gerente. Luis Alberto tornó su maleta, salió de la oficina y se dirigió cabizbajo hacia la puerta principal para tornar un taxi. De pronto, le pareció oír su nombre. Volvió automáticamente la cabeza y se dio cuenta de que, en efecto, la empleada con quien había hablado antes le hacía grandes gestos como queriéndole indicar que fuera corriendo hacia ella. Presintiendo un cambio inesperado en su situación, se aproximó de dos saltos al mostrador. La muchacha, casi gritándole, le dijo:
--¡Señor Valenzuela... ! ... ¡Corra! ¡Acaban de cancelar un pasaje para este vuelo ... !
--¿Para qué vuelo ... ? .. fue todo lo que se le ocurrió decir a Luis Alberto.
--¡Este, éste, el que acaban de anunciar ... !-- respondió la muchacha con impaciencia.
Recuperándose de su estupor, y sintiéndose como si se hubiera sacado el premio gordo de la lotería, Luis Alberto, con manos que le temblaban de los nervios, empezó a buscar atolondradamente el pasaje en los bolsillos.
--¿Dónde diablos ... ? ¡Ah, aquí está... !-- dijo, entregándole a la muchacha un papel.
--No es éste-- exclamó la muchacha --¡Señor, apresúrese, que va a perder el avión!
--Ah, sí, perdone ... A ver ... Parece que éste es ... -- dijo Luis Alberto después de trajinarse dos o tres bolsillos más.
--Menos mal-- respondió la muchacha al cerciorarse que, efectivamente, tenía en sus manos el documento deseado. La empleada, con diestras maniobras, garabateó algo en el pasaje, tornó un timbre y estampó con él unas cuantas marcas azules, después de lo cual le pasó el boleto a Luis Alberto. El pobre se lo arrebató de las manos y emprendió una loca carrera en dirección a la rampa en que se encontraba el avión listo para despegar.
Ya empezaban a retirar la plateada escalera del costado del avión cuando llegó Luis Alberto a grandes zancadas. Volvieron a colocar la escalera y se abrió de nuevo la puerta de la cabina, la que, después de tragarse a nuestro héroe, se cerró definitivamente. Rugieron los motores y el lujoso cuadrimotor empezó a deslizarse por la rampa para tornar su posición en la pista de despegue.
Agotado por el esfuerzo físico y mental, Luis Alberto se desplomó en el asiento hasta el cua lo había guiado una bella y coqueta asistente de vuelo.
--Abroche su cinturón, señor-- le dijo la muchacha, al ver que Luis Alberto no daba indicación alguna de cumplir con este acostumbrado ritual.
--¿Me habló Ud.?-- respondió Luis Alberto, al que aún le daba vueltas la cabeza por la confusión y apresuramiento de los últimos momentos. Y sacando a la vez un cigarrillo se disponía a en~enderlo.
--Que abroche su cinturón, señor. Y no fume hasta que se apague la señal, por favor-- repitió la muchacha con el mismo tono de voz, suave pero firme, de una enfermera profesional.
--Ah, sí, claro... Lo que pasa es que ... Bueno ... Perdone Ud.-- balbuceó el joven Valenzuela, volviendo a la realidad. La asistente de vuelo le dirigió una mirada comprensiva y, con una sonrisa que dejó entrever la perfección de su blanca dentadura, continuó por el pasillo cerciorándose de que los pasajeros cumplían con tan vitales reglamentos de despegue.
La pesada aeronave corría por la pista a gran velocidad y pronto se encontraba en el aire, tornando altura rápidamente. Los pasajeros se inclinaban hacia las ventanillas para observar el paisaje que se escapaba bajo sus pies, mientras Luis Alberto tragaba saliva y hacía mover sus mandíbulas para ajustar la presión que hacía crujir sus oídos. Por fin, volando a nivel, el piloto apagó la señal que prohibía fumar y los pasajeros procedieron a desabrochar sus cinturones y a encender cigarrillos. Muy pronto, se oían risas y conversaciones de pasajeros que se disponían a disfrutar el viaje.
Mientras el joven Valenzuela hacía vagar sus ojos por la cabina del avión, su mente registraba distraídamente caras y detalles sin importancia. Observando con mayor cuidado la nuca del pasajero en el asiento que tenía por delante, trataba Luis Alberto de decidir si los asientos al lado de las ventanillas representaban una realidad objetiva o una idea ilusoria. El caso era que esos codiciados asientos siempre los conseguían otros y ...
Sus divagaciones fueron interrumpidas por un súbito bamboleo del avión. Luis Alberto miró hacia el tablero en el fondo de la cabina, pero la señal permanecía apagada. Acomodándose en su asiento, se disponía él a tornar una revista del bolsón al respaldo del asiento delantero, cuando el señor que iba a su lado junto a la ventanilla le dirigió la palabra:
--¿Tiene Ud. un fósforo?-- preguntó éste.
Reparando por primera vez en su compañero de viaje, Luis Alberto se apresuró a ofrecerle su encendedor:
--Sí, cómo no. Aquí tiene Ud.-- replicó. Y vio con disgusto que el señor ése se disponía a fumarse un habano que, por sus apariencias, amenazaba ,crear a corto plazo una atmósfera irrespirable.
El señor tomó el encendedor. Salivó profusamente una punta de su puro, afirmó fuertemente entre los dientes la parte mojada y luego empezó a prender el habano entre grandes bocanadas de insalubre humo. No cabía duda alguna; el señor era algún campesino ricachón que seguramente volvía a su país después de un viaje de negocios. Su particular acento arrastrado denotaba a las claras su procedencia andiviana.
--Ud. es de Surlandia, ¿verdad?-- preguntó el señor.
--Sí, de Las Palmas-- respondió lacónicamente Luis Alberto, a quien el individuo ése se le empezaba a hacer antipático.
--¿Está estudiando en los Estados Unidos?-- insistió el señor.
--sí, estoy estudiando-- replicó el joven Valenzuela haciendo un esfuerzo.
--Me gusta ver estudiar a la gente joven como Ud.-- prosiguió el sehor --Pero torne el consejo de una persona con experiencia como yo: no se dedique a pasar la vida metido en los libros. Sexto año de humanidades ... primero o segundo año de universidad... Con eso basta. Después, métase en negocios. Eso es lo que vale. Yo, por ejemplo, tengo el criadero de ganado más grande de Andivia.
--Ah, qué bien-- masculló Luis Alberto.
--Yo no soy muy leído que digamos-- continuó el señor (y Luis Alberto estuvo a punto de responderle con un se le nota)-- pero vea Ud. que lo que importa es el progreso real que le da a uno la experiencia de la vida. Acabo de comprar el Champion de la exposición nacional de los Estados Unidos.
Y sin darle tiempo a Luis Alberto de decir nada, el señor sacó unas fotos de un toro, tornadas de distintos ángulos, y en las que se veía al ponderado animal adornado con cintas azules, escarapelas y otros galardones. Sin saber por qué, Luis Alberto asoció grotescamente la figura del engalanado vacuno con una nativa hawaiana disponiéndose a bailar una hula.
--¿Qué le parece?-- preguntó el señor con un son de triunfo.
--Pues ... ésteeee ... Precioso animal-- respondió Luis Alberto por decir algo. El joven Valenzuela no sólo no entendía nada de animales sino que ni tenía el menor interés por las cosas de campo. Y esto, a pesar de los esfuerzos de su padre--rico hacendado surlandés--por hacer de él el continuador de sus intereses latifundistas.
--¿Verdad que sí?-- continuó el señor, orgulloso. --Lo malo es que el gobierno no le da al agricultor el estímulo de producir más y mejor. Impuestos ... trabas de todas clases Eso es lo que nos mata. Ya no se puede uno ganar la vida honradamente. Viene un mal año, lluvias precios bajos ... Una enfermedad cualquiera y se pierde todo lo adelantado ...
Echando con fuerza el humo de su habano por ambos orificios de su grande y porosa nariz, el señor prosiguió discurseando sobre su terna ganaderil:
--El año pasado, por ejemplo, gasté un dineral en forraje, vacunas y otra serie de mejoras en los establos. ¿y para qué? Dinero botado a la calle. Vinieron unos inspectores y me obligaron a matar unas vacas porque decían que estaban tuberculosas. Y después, que tenía que vacunar a todos los animales contra la fiebre aftosa, carbunclo, y qué sé yo. Pamplinas, digo yo. ¿Oué saben ellos de crianza? ¡Habráse visto~ Cuando el gobierno se mete se acaba la tranquilidad... Y después los políticos hablan de democracia .
La agitación de las últimas horas, el pesado humo del habano, la cháchara inacabable del tipo ése y el bamboleo del avión, que desde unos minutos se había hecho más pronunciado, empezaron a producir su fatal efecto en Luis Alberto Valenzuela. La ligera pesadez que sentía en un principio se había convertido en un fuerte dolor de cabeza y, lo que era más alarmante, esto empezaba a coincidir con una inquietud muy particular en la región del estómago. De pronto, una oleada de sangre le nub1ó los ojos y un gusto amargo le invadió la boca.
--Perdone Ud.-- alcanzó a decir Luis Alberto-- Creo que estoy mareado.
Sintiendo una fría transpiración por todo el cuerpo, el joven Valenzuela se levantó precipitadamente de su asiento y salió disparado, desapareciendo por el fondo del pasillo.
Mientras transcurrían los minutos el balanceo del aeroplano se hacía cada vez más violento. Los pasajeros se habían abrochado calladamente sus cinturones y esperaban resignadamente que el avión terminara de cruzar la racha de mal tiempo por donde se había metido.
--Atención, señores pasajeros-- se oyó la voz de uno de los pilotos a través de los altoparlantes-- En estos momentos estamos pasando un frente tropical. No hay motivo de alarma y dentro de pocos minutos estaremos volando bajo un cielo despejado. Rogamos a Uds. tener un poco de paciencia y les reacordamos de abrochar sus cinturones. Gracias.
Sin embargo, el vuelo no daba indicaciones de ponerse menos agitado. A medida que pasaba el tiempo, algunos pasajeros empezaron a sentirse atemorizados y la muchacha asistente de vuelo, sujetándose como podía, iba de un asiento a otro, tranquilizando a éste, repartiendo píldoras contra el mareo a este otro, al de acá y al de acullá. Luis Alberto se sentía a morir mientras su compañero de viaje, silencioso ahora, resoplaba ruidosamente.
--Les habla el piloto, señores-- empezó de nuevo la voz por los parlantes. --El frente se ha extendido y el aeropuerto de Las Palmas está totalmente cerrado. Hace unos momentos hemos tornado rumbo sureste y trataremos de aterrizar en Andivia. Gracias.
A Luis Alberto ya no le importaba llegar a Surlandia o a ninguna parte ese día ni nunca. Con la cabeza baja, apoyada entre sus manos, gemía suavemente y deseaba con toda su alma que se acabara el mundo de una vez para poder así descansar de tan horrible malestar. Pasó otra media hora sin que hubiera ningún cambio en la situación. Y de nuevo, la voz del piloto:
--Lamentamos anunciar que, debido a nuevas condiciones climatéricas sobre Andivia, nos será imposible hacer escala en ese país. Volamos en estos momentos rumbo al noroeste y dentro de breve tiempo estaremos de vuelta en el punto original de partida. Gracias.
Efectivamente, transcurridas unas dos o tres horas, el cuadrimotor aterrizaba en Miami, bajo un cielo azul y un sol esplendoroso. Luis Alberto, después de desembarcar, se dirigió hacia el recinto. Al cruzar frente al mostrador de la compañía que después de tantos pesares le había autorizado el vuelo, vio dos caras conocidas que se aproximaban. Eran las figuras inolvidables de la arrogante amazona con el hombrete de su marido, saliendo de la oficina del gerente.
1 ¿Por qué tenía que llegar Luis Alberto ese mismo día a Las Palmas?
2 ¿Por qué muchos de los viajeros que salían de los EE.UU. habían mandado comprar sus pasajes en Surlandia?
3 Describa a la pareja que estaba en la oficina del gerente.
4 ¿En qué forma llamó la empleada a Luis Alberto y por qué lo llamó?
5 Relate la accidentada entrada de Luis Alberto al avión y la conversación que tuvo con la asistente de vuelo.
6 ¿Qué hacía Luis Alberto para ajustar la presión que hacía crujir sus oídos?
7 ¿Cuáles eran las divagaciones del joven Valenzuela cuando la pesada nave empezó a volar a nivel?
8 ¿Qué hizo el compañero de viaje de Luis Alberto cuando éste le ofreció su encendedor?
9 ¿Qué le aconsejó a Luis Alberto el rico hacendado de Andivia?
l0 ¿Qué había comprado el señor de Andivia en los EE.UU.?
11 ¿Cómo estaba adornado el toro en la foto y con qué lo asoció Luis Alberto?
12 Explique si la política del gobierno norteamericano con los agricultores es similar a la política del gobierno de Andivia con los agricultores de ese país.
13 ¿Qué le pasó a Luis Alberto con el pesado humo del habano, la conversación del hacendado y el bamboleo del avión?
14 ¿Por qué tuvo que cambiar el piloto el sitio de aterrizaje?
15 Después de haber leído esta historia explique por qué el autor la tituló: "No por mucho madrugar amanece más temprano".
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